lunes, 23 de marzo de 2015


Riesgo, responsabilidad, pactos y coaliciones.



Artículo aparecido en "El Huffington Post" el 23 de marzo de 2015.
El año 2015 va a ser el más electoral de nuestra historia reciente. Las encuestas muestran que los resultados electorales están más abiertos que nunca, descartando, prácticamente en todas partes, la consecución de mayorías claras. Ello, en tiempos de crisis y desafección genera todo tipo de reacciones, incertidumbre, desasosiego... También provoca que muchos reclamen responsabilidad a la izquierda, al menos a parte de ella.
A estas alturas no existe ninguna duda sobre el grave error de fondo que ha marcado la política económica de la Unión Europea desde el estallido de la crisis. Tampoco sobre las equivocaciones colectivas que en España dilapidaron un ciclo completo de crecimiento entre 1993 y 2008, el tiempo del falso milagro económico que más bien fue una burbuja.
Una de las consecuencias de ese error que todavía perdura es el desplazamiento de los votantes de izquierdas desde el espacio socialdemócrata hacia el populismo como ha sucedido en Grecia. Un logro más de la política económica impuesta por Alemania. Una política basada en conjeturas morales, pero muy alejada de lo que el sentido común y sobre todo la teoría económica recomiendan. Salvo los cruzados del Bundesbank tipo Weidmann, nadie defiende ya lo que se define con la palabra "austeridad". Ningún organismo internacional lo hace, ningún economista relevante la preconiza, pero sin embargo su filosofía perdura.
Había y hay una alternativa de política económica a lo que se ha hecho y lo que se está haciendo como han demostrado los EE.UU. Entre la austeridad y el populismo de izquierdas hay un inmenso espacio en el que hacer políticas progresistas, socialdemócratas. Políticas que aúnen el aumento de la productividad total de los factores y la mejora de la competitividad con la lucha contra la pobreza, la creación de oportunidades y la reducción de la desigualdad. Políticas que permitan recuperar renta y empleo de manera mucho más rápida, como ha logrado la administración Obama.
Desde luego en España los acontecimientos podrían haber sido muy distintos si se hubiera seguido una ruta alternativa. Algo que era factible a pesar de que la insostenibilidad de nuestro modelo de crecimiento dejaba poco margen de actuación. Sin embargo no se hizo. ¿Pudo hacerse? ¿Actuamos con responsabilidad o no había alternativa?
La realidad es que nuestro país asumió la terapia Merkel sin cuestionar el fondo de la misma.
Como explica José Luis Rodríguez Zapatero en su libro El Dilema, temí que la caída en un rescate nos devolviera a un estado de ánimo colectivo similar al sentimiento del noventa y ocho", al tiempo que era consciente de que las medidas que se vio obligado a impulsar le obligaban a actuar "en una intersección en la que tus ideas y compromisos se bifurcaban probablemente de manera irremediable". El sincero relato del expresidente recoge con precisión el extremo contexto en el que bajo el principio de responsabilidad en el ejercicio de su cargo dirigió al gobierno de la nación. También, muestra cómo por diferentes razones y desde una perspectiva socialdemócrata, de izquierdas, nunca hubo una alternativa factible a lo sucedido y aplicado. Se pretendió y se logró evitar el rescate, y punto. Hoy sabemos que había una opción mejor. La hegemonía del paradigma conservador y la aplastante mayoría de la derecha en el Consejo Europeo no lo permitieron entonces, ni tampoco ahora. ¿Cómo se pudo llegar a ese extremo?
Ser responsable siempre implica un riesgo: el riesgo de equivocarse. En el epílogo de El Dilema queda patente que apenas había alternativa porque el error de fondo venía de mucho antes tras casi veinte años perdidos por culpa de un modelo de crecimiento equivocado e insostenible. Antes de las durísimas decisiones de 2010 y 2011, la izquierda gobernante había perdido el pulso de la realidad económica de fondo, lo cual no hizo sino ampliar la posibilidad de equivocarse. Otra enseñanza clara, la de la importancia de no perder nunca la visión crítica sobre la realidad, sobre el fondo de las cosas, y no caer en la complacencia.
Hoy, de nuevo muchos miran hacia el PSOE alegando que es el momento de la responsabilidad. A nadie se le escapa que para muchos de ellos responsabilidad equivale a pactar con la derecha en aras del interés general, que estaría gravemente amenazado, o de cierto interés superior. El dilema entre riesgo y responsabilidad es propio de la izquierda democrática, de la socialdemocracia. Siempre se exige responsabilidad a la izquierda porque es responsable. El problema es que tras 20 años de desregulación y de dominio del paradigma conservador en un mundo globalizado y en rápida transformación los instrumentos tradicionales de política económica ya no sirven. Sin gobernanza económica global real no lograremos preservar nuestro modelo de sociedad. Sin esa gobernanza volveremos a vernos obligados a asumir como inevitable un discurso ajeno. Ser responsable exige un rigor y conocimiento absoluto del medio. Ser responsable exige contar con los instrumentos políticos apropiados, crearlos si no existen y saber utilizarlos. Hoy esa responsabilidad se reclama en el campo económico pero también en el democrático porque es incompatible con la existencia de cualquier atisbo de corrupción o clientelismo en las instituciones.
Para ser responsable, porque nos lo van a seguir exigiendo, la izquierda debe reflexionar sobre los límites de las decisiones o de los acuerdos que vaya a adoptar. No sólo se trata de no abandonar los principios básicos de la izquierda, por supuesto, sino de ser consciente de hasta dónde llegan las consecuencias de las acciones responsables.
El reciente acuerdo contra el terrorismo yihadista es un buen ejemplo del riesgo de la responsabilidad. En este caso, al no existir duda alguna sobre la oportunidad y necesidad de fondo de garantizar la unidad democrática frente a esa amenaza, ha sido posible no sólo suscribirlo sino también explicarlo con coherencia a pesar de las voces que se han levantado en su contra. Un acierto. Y eso a pesar de que la derecha, irresponsablemente, no ha sido capaz de renunciar a imponer la eufemísticamente llamada "prisión permanente", aun a sabiendas de que será derogada en cuanto haya un nuevo gobierno, y a pesar de que arriesgaba el propio pacto. Y es que la derecha no sufre tanto cuando es irresponsable.
Ambos ejemplos, las medidas económicas de 2010 y 2011 y el pacto contra el yihadismo, muestran que el problema no es tanto pactar como salirse del espacio de tus propios principios ideológicos, por la razón que sea. Los pactos siempre deben poder ser explicados manteniendo la coherencia plena con uno mismo. El problema no es pactar o formar coaliciones, el error es asumir como propias políticas ajenas en virtud de la siempre ambigua responsabilidad. Nunca puede ser responsable apoyar políticas no ya injustas, sino inútiles o equivocadas. No se puede ser responsable asumiendo políticas de la derecha. Tampoco es responsable comprometer las posibilidades futuras del principal instrumento de transformación democrática de la sociedad española en siglos.
La sociedad española hoy exige cambios, pero lo hace desde la inmensa sensación de seguridad que genera el pertenecer a la Unión Europea. El formar parte de Europa, sin duda el mayor éxito de la España moderna, sin embargo, propicia ciertos comportamientos irresponsables. Así, a pesar de que Europa es criticada con dureza en esta crisis de desafección política e institucional, y con mucha razón en algunos casos, por contradictorio que parezca Europa sirve de red. Europa como red de seguridad y por tanto como elemento que facilita la exacerbación de opiniones. Por esta razón la crisis entre Cataluña y el resto del país, o el auge del populismo, parecen cuestiones no tan preocupantes, porque nadie acaba de creer que nuestro sistema pueda llegar a romperse. Porque votar contra todo no va a implicar nada gracias a esa red. Creo que esa sensación de seguridad que nos envuelve es peligrosa porque siempre que Europa o cualquiera de sus naciones han caído en el abismo se han aproximado al desastre de manera imperceptible, casi sin darse cuenta.

domingo, 1 de marzo de 2015




Así conocí a Ángel Gabilondo.






Cuando acabé COU en Pamplona la UPNA no existía. Todavía subsistían los vetustos distritos universitarios y nosotros dependíamos del de Zaragoza. Recuerdo que días después de hacer la selectividad en el lnstituto de Ermitagaña alguien fue a Zaragoza y apuntó las notas de todos los de mi colegio en un papel y nos fue llamando uno por uno por teléfono a nuestras casas, al fijo claro. No había móviles ni internet. Así funcionaba todo en junio de 1984. Muchos de mis amigos y amigas queríamos ir a la universidad, fuimos una generación intermedia, logramos llegar a ella más que los de diez años antes pero todavía mucho menos que los de 10 años después. Y es que era algo complicado.


En Pamplona sólo había una escuela universitaria en la que a los tres años obtenías un diploma en empresariales que te servía para licenciarte después en Zaragoza, también teníamos la escuela de ingenieros técnicos agrícolas de Villava, la de ingenieros técnicos industriales del Sario, la escuela pública de enfermería, y la UNED. Y la Universidad de Navarra, claro. El sistema de distrito universitario dificultaba mucho la posibilidad de salir del tuyo, así que Zaragoza era el destino más natural si no lograbas un traslado. Aquél verano del 84 mis compañeros, compañeras y yo nos lanzamos a la aventura de la universidad con diferente grado de éxito porque hubo de todo. Iñaki logró plaza en Sarriko en Bilbao y comenzó allí económicas alojado en una pensión. Angel y Pilar se fueron a Soria a estudiar el primer ciclo de medicina y lograron acabar en Zaragoza. Otros lograron plaza en Zaragoza directamente en primero como Fermín. Javier y Juan comenzaron a preparar el durísimo ingreso en INEF. Tardaron pero lo consiguieron tras años de esfuerzo. Mi segundo Iñaki se puso a trabajar y se matriculó en la UNED. También acabó. Juancho ingeniería en Zaragoza. Eduardo empresariales en Zaragoza. Juanma agrícolas en Villava. Fernando empresariales en la vieja escuela de peritos mercantiles de Pamplona para después acabar en Zaragoza. Cristina empresariales en San Sebastián. Javier se fue a los jesuitas de Deusto. Antxón diseño en Barcelona. Fernando medicina en Madrid. Elena políticas en Madrid porque en toda España sólo había en la Complutense y te garantizaba el traslado. Julián, mi tercer Iñaki, Josecho, Amaya, María Eugenia, y muchos más fueron admitidos en la Universidad de Navarra e hicieron sus carreras sin demasiados problemas. El Gobierno de Navarra y antes la Diputación concedía ayudas a los navarros que estudiaban en ella, pero la Universidad de Navarra tenía sus propios criterios de admisión. Yo me fui a Madrid y tras algunos imprevistos logré matricularme en la Universidad Autónoma, sí, la de Ángel Gabilondo.


En la Universidad Autónoma de Madrid encontré justamente lo que andaba buscando. Una gran universidad pública abierta y diversa con buenos profesores y alumnos de todo el mundo que era capaz de compaginar la escasez de la época con el sueño de la educación pública de calidad. Siempre ha estado en lo más alto de los ranking, y como todas sufrió periodos de
recortes, masificación, sus dosis de endogamia o esclerotización. Yo le debo muchísimo.

Cuando se creó la UPNA impulsada por el PSOE contra las resistencias de siempre la vida y el horizonte de los estudiantes de Navarra se transformó radicalmente. Yo siempre soñé a aquella UPNA emergente como algo similar a la Autónoma de Madrid, vibrante y comprometida con el servicio público y con la excelencia docente, arriba en los ranking compitiendo en calidad y resultados con el resto de universidades públicas o privadas, abriéndose paulatinamente a nuevas áreas y titulaciones.


En la Autónoma de Madrid estudié Ciencias Económicas, 5 años inolvidables, primero y segundo en grandes grupos, tercero en el Reino Unido en la Universidad de Kent en el primer año de la historia de Erasmus, y cuarto y quinto en un pequeño grupo de 20 alumnos que elegimos la especialidad de Teoría Económica, un verdadero lujo intelectual. Al terminar gracias a una beca estudié un master de postgrado en el Colegio de Europa de Brujas, sólo había 5 españoles en mi programa y 2 éramos de la Autónoma. Años después volví al campus para doctorarme. Tardé 5 años mientras trabajaba y daba clase como profesor asociado. Tras leer la tesis un día recibí una carta en la que se me invitaba a la ceremonia de entrega de diplomas y medallas a los nuevos doctores a la que acudí con orgullo y emoción, de nuevo el viejo campus, los árboles habían crecido mucho casi 15 años después.

Y allí estaba el magnífico rector, D. Ángel Gabilondo, quien lo iba decir, y yo con esas pintas recogiendo la medallica. A ninguno se nos podía pasar por la cabeza entonces cuanto íbamos a coincidir después. Qué gran señor, D. Ángel.

jueves, 26 de febrero de 2015




Hay otra política alternativa.



Tribuna aparecida en "El Nuevo Lunes" el 23 de febrero de 2015.

El diccionario de la lengua española define “recuperación” como acción y efecto de recuperar, y “recuperar” como volver a tomar o adquirir lo que antes se tenía. Por ello, cuando escuchamos que la economía española muestra claros signos de recuperación, quizás debamos analizar si va a volver a adquirir lo que antes tenía. El matiz es importante porque aunque en cada ciclo el retorno al crecimiento se llame recuperación, y aunque el sistema productivo y la estructura económica se transformen de manera continua, hay otros elementos que desde una perspectiva ideológica deben ser tenidos en cuenta.

Crecemos, sí, pero nos dirigimos a una realidad socioeconómica indeseada y cualitativamente muy distinta a la anterior.

Nuestra recuperación tiene dos grandes debilidades que se retroalimentan. La primera, su evidente carencia de modelo de crecimiento a medio y largo plazo. El ajuste fiscal no sólo ha generado un injusto reparto de los costes de la crisis por la dureza de los recortes sociales sino que ha cercenado la  capacidad de crecimiento futuro. La caída de la inversión, el colapso de la I+D+i, el castigo a la educación y a la formación de capital humano, el recorte de las política activas de empleo, no hacen sino limitar el crecimiento potencial de la economía española.

La segunda, el aumento de la desigualdad, que tiene varios orígenes: el elevadísimo volumen de desempleo, la ruta de salida de la crisis elegida por el Gobierno en sintonía con el núcleo duro de la eurozona –la llamada “austeridad”–, y nuestro imperfecto sistema fiscal que por el lado de los ingresos no grava a todas las fuentes de renta y riqueza con equidad, y que apenas redistribuye por la vía del gasto.

Precarización laboral y social. Es un error salir de la crisis apostando por la precarización laboral y social, por la reducción de costes salariales como principal vía de mejora de la productividad, olvidando que nuestros principales competidores afrontan la productividad total de los factores de otro modo. A medio y largo plazo la vía elegida por el PP, la propia de un modelo productivo débil y descapitalizado, minimizará la creación de puestos de trabajo estables y bien remunerados, generando gravísimas consecuencias sociales.

La economía española desperdició un ciclo completo de crecimiento entre 1993 y 2008, 15 años consagrados al monocultivo del ladrillo en todas sus dimensiones –constructoras, inmobiliarias, industria vinculada al sector, servicios financieros e hipotecarios, infraestructuras. Un crecimiento que no sólo era insostenible sino que es el responsable de nuestra particular crisis financiera, y el colaborador necesario de la mayoría de casos de corrupción que han erosionado nuestro sistema institucional, disparando la desafección ciudadana sobre nuestro sistema democrático. Fue un inmenso error colectivo en el que participamos todos, Unión Europea incluida, cuyas consecuencias no deben pagar las generaciones venideras. Cualquier mirada atrás relativiza el llamado “milagro español” y la pericia de sus protagonistas.

Con todo, por  muchas razones, hay buenas noticias. El cambio de actitud del BCE gracias al presidente Draghi. El precio de petróleo. Incluso el efecto del rescate europeo de nuestro sistema financiero, una enmienda a la totalidad de la política económica del gobierno del PP que en 6 meses multiplicó por 3 la prima de riesgo “heredada”. Un gobierno que demostró que no tenía plan alguno salvo reducir el déficit -consecuencia y no causa de nuestra crisis-. Un gobierno que no ha levantado la voz en Europa para exigir otra política monetaria, otra política fiscal –el insuficiente Plan Juncker es una concesión a las exigencias de los socialistas europeos-, o políticas de demanda que compensen una austeridad que sólo se justifica desde la moral alemana y no desde la ciencia económica.

Había y hay una alternativa de política económica a lo que se ha hecho y lo que se está haciendo. Los EE UU, el Reino Unido, lo han demostrado. Entre la austeridad y el populismo de izquierdas hay un inmenso espacio en el que hacer políticas progresistas, socialdemócratas. Políticas que aúnen el aumento de la productividad total de los factores y la mejora de la competitividad con la lucha contra la pobreza y la reducción de la desigualdad. Una agenda para la recuperación justa que centre su trabajo en la modernización de nuestra economía, que aborde una radical reforma de nuestro sistema político, y conserve nuestro Estado del Bienestar como elemento de cohesión y progreso seguro. 

sábado, 6 de diciembre de 2014


Por el 6 de diciembre

(y no el 12 de octubre).



Artículo aparecido en "the Huffington Post" el sábado, 6 de diciembre de 2014.

Un año más celebramos el 6 de diciembre, el Día de la Constitución, ajenos a la importancia de la efeméride. Un día desaprovechado que pone en evidencia la más que desafortunada simbología civil de nuestra democracia. El 6 de diciembre podía haber sido nuestro 4 o 14 de julio, pero no fuimos capaces de hacerlo aunque quizás todavía podamos arreglarlo. El 6 de diciembre representa el día en el que todos los deseos y anhelos colectivos democráticos se hicieron realidad. Una fecha, la del 6 de diciembre de 1978, cargada de ilusión, futuro, esperanza, libertad.... Nunca vivimos los españoles un día de mayor ensueño que aquél, los que lo protagonizaron, los que lo recordamos aunque éramos unos niños. Es imposible encontrar otro día con mayor carga simbólica en la España moderna. Por fin vivíamos en democracia y se reconocían las aspiraciones legítimas de todos y todas abriendo un camino que, aunque se sabía que no iba ser sencillo, anticipaba la etapa de mayor prosperidad y libertad de la historia.
Sin embargo, erróneamente, en vez de apostar como referente por el futuro y la convivencia, por la nueva modernidad, elegimos como Fiesta Nacional de España el 12 de octubre, probablemente para evitar herir susceptibilidades en la caverna. Al concentrar los fastos en el 12 de octubre, fiesta cristiano-católica de guardar -la Virgen del Pilar- que coincide con el día en el que Cristóbal Colón desembarcó en América, se emitió un mensaje contradictorio e incluso demoledor sobre el anhelado sueño democrático y constitucional. El 12 de octubre simboliza el pasado y la nostalgia de una España que ya no existe y que nadie o muy pocos añoran. El 12 de octubre es la fiesta de lo que otros proyectaron en el mundo hace siglos, en un momento histórico que nada tiene que ver con el presente.
España necesita celebrar el 6 de diciembre como referencia de futuro, de convivencia en diversidad, de optimismo y, sobre todo, de democracia. Pero no lo hacemos, ni quizás lo sigamos haciendo porque el Gobierno del PP ha anunciado que puede llegar incluso a cambiarlo de día para celebrarse el 5, el 7, o el día que sea para evitar que contribuya a crear un puente. Esa es la confianza que tenemos en nuestro proyecto colectivo.
La España democrática no la logrado construir una simbología que la represente en sus diferentes facetas, ni con sus símbolos identificativos -bandera, himno-, ni con el establecimiento de festividades civiles compartidas y sentidas por todos. Es verdad que venimos de un pasado particularmente gris en este ámbito, y que vivimos en un país sin apenas tradición de símbolos que se identifiquen con la siempre delicada identidad nacional, por decirlo de alguna manera, como la bandera. Pero es que en democracia no hemos sido capaces de lograr ni lo que el Movimiento Nacional y el Nacional-Catolicismo lograron con el 18 de julio como fiesta civil del franquismo.
La inexistencia de una simbología democrática compartida por todos es patente. Un espacio imprescindible e incompleto que debilita la cohesión democrática de nuestras instituciones. Durante la Transición, los que la recordamos, aunque fuéramos niños, nos acordamos de cómo la extrema derecha -lo que quedaba del régimen agonizante, pero que todavía daba mucho miedo- y la derecha en general nunca dejaron de enarbolar la bandera que con un escudo diferente se convertiría a partir de 1978 en constitucional. La derecha sigue haciéndolo en todas sus manifestaciones, prácticamente en exclusiva, y quizás por ello su uso simbólico y colectivo sea el que es salvo cuando juega al fútbol la Roja. Así se comprende que en las grandes concentraciones de la izquierda la bandera casi siempre resulte una rareza.
El fracaso de los símbolos democráticos, de difícil solución el de la bandera -y no digamos ya el del himno- sirve para mostrar la complejidad de nuestro sistema democrático y para poner en evidencia algunos de sus problemas y asignaturas pendientes.
Este hecho se mezcla con otra realidad, la confesionalidad cristiano-católica prácticamente absoluta y omnipresente de la mayoría de celebraciones institucionales, que ya sea por su origen o por una forzada vinculación religiosa casi siempre se celebran acompañadas de una misa católica. El día de la policía -misa en el cuartel por los Santos Ángeles Custodios-, policía foral de Navarra -ídem por el Santo Ángel de la Guarda-, día de la infantería -Inmaculada Concepción- sólo son tres ejemplos entre una casuística prácticamente infinita. Sólo el venido a menos 6 de diciembre tiene un origen laico y civil puro. También somos uno de los pocos países de la Unión Europea en el que el 9 de mayo -el día de Europa- no es festivo.
Es verdad que en la izquierda, al menos la española, no hemos sido nunca demasiado de banderas. Nuestra bandera son los derechos, las instituciones, nuestra patria, las libertades. Pero ello no quiere decir que no tengamos necesidad de poder expresar por algún cauce de vez en cuando nuestro patriotismo progresista.
Un patriotismo progresista en el que, en palabras de Javier Fernández, presidente de Asturias, "la España de los símbolos, los signos y las banderas nos importa menos que la de los hombres y mujeres que trabajan, estudian, que llora o que ríen en ella". Una España en la que debemos sacar partido simbólico y como elemento cohesionador y de progreso a elementos como nuestro idioma común, el castellano, un buen símbolo, que es lo que compartimos y nos proyecta a América y al resto del mundo, y no tanto el descubrimiento y la llamada conquista del 12 de octubre. Es nuestra historia plural y objetiva, el patrimonio cultural, la ciencia o el cine que producimos, o nuestros grandes artistas y escritores como GoyaPicasso o Cervantes, en un país europeo y rico, en el que por fin las diferentes culturas y lenguas españolas conviven libremente en igualdad. Valores del 6 de diciembre y no del 12 de octubre.
Ante este desierto simbólico colectivo se ha dado rienda suelta a los elementos identitarios locales y regionales, casi siempre exacerbándolos, en su mayoría también de origen religioso católico. La vida institucional local y regional se ha hecho asfixiante. Las romerías, procesiones, misas y ofrendas saturan la agenda de la clase política.
Los que somos de izquierda sabemos que las identidades nacionales no son culturales, son el resultado de transacciones políticas, son el resultado de acuerdos políticos, son convenciones, invenciones. Las identidades culturales, las reales, son mucho más complejas, son individuales y también grupales, combinan elementos incatalogables, y cuando una de sus combinaciones se convierte en identidad nacional lo es siempre por la vía de la imposición para los individuos y colectivos que no forman parte del núcleo duro de la misma, generando por tanto alejamiento y desafección.
De nuevo, en palabras de Javier Fernández, "somos menos partidarios de las identidades fuertes que de las identidades múltiples, yo vengo de una tierra en que las identidades se suman, no se restan, pero en un mundo cosmopolita, nosotros construimos nuestra identidad nosotros elegimos nuestra identidad."
Una realidad que constituye un verdadero problema en un país como el nuestro en que todo se politiza y todo sirve para alimentar el enfrentamiento. Una realidad en la que el carácter plurinacional complica la búsqueda de una solución simbólica a esta carencia, como demuestran incluso las cada vez más difíciles relaciones entre el centro y la periferia.
Por todo ello, cuando se reforme la Constitución, que se reformará como propone el PSOE, deberíamos volver a celebrar el referéndum el 6 de diciembre, y convertir esa fecha en la principal y única Fiesta Nacional, la de la convivencia democrática en pluralidad y diversidad. Por una vez tendremos que pensar en el futuro dejando atrás para siempre inútiles aires de grandeza y creencia sobrenaturales impuestas. Celebremos, todos juntos, el porvenir.

lunes, 3 de noviembre de 2014



Apátridas europeos.



Artículo aparecido en "the Huffington Post" el sábado, 18 de octubre de 2014.


Leyendo este verano me topé con Fernando Pessoa, mejor dicho, con su heterónimo Bernardo Soares, y su famosa expresión "mi patria es la lengua portuguesa". Una bonita frase que me hizo reflexionar, y ahí sigo. Así, descartada como patria mi lengua española, y también el inmenso espacio geográfico y cultural en el que vive y vibra con gran energía, o parte de él, y sin apenas dudar, creí que sólo Europa lo puede ser. Pero no cualquier Europa. La Europa que compartimos, soñamos y todavía construimos por encima de las viejas limitaciones nacionales. La Europa de Stefan Zweig, Claudio Magris, W. G. Sebald y tantos otros. Europeos apátridas que han dedicado su vida a reivindicar y poner en valor la gran cultura europea y el saber histórico acumulado en Europa, una tarea que me congratula y con la que me identifico.

Una Europa multilingüe que sólo puede ser cultura y democracia. Democracia, por supuesto, paz, seguridad y estabilidad garantizadas en el propio proceso de integración europeo. Un proceso que no debe abandonar jamás el objetivo último de unión política. La unión de una Europa que es su cultura.

Recorrer Europa es sin duda el mejor ejercicio que se puede recomendar en este tiempo en el que los valores que cohesionan a nuestra sociedad son sistemáticamente abandonados por casi todos, poderes públicos, medios de comunicación, ciudadanos.... La Europa culta, ordenada, la que todavía aprecia el valor inmaterial de los bienes culturales de todo tipo -artes plásticas y escénicas, literatura, cine, música, conservación del patrimonio... contrasta con la zafia realidad que vivimos cotidianamente.

Si recorrer Europa es altamente recomendable -aunque, ciertamente, no todo sea jauja, por supuesto-, en ocasiones el regreso es impactante, como suele escribir Javier Marías al terminar cada verano.

Y es que no se trata sólo del desprecio por la creación cultural en una sociedad materialista y excesivamente inculta. No, se trata de una sociedad en la que sus instituciones, sus gobiernos nacionales, regionales o locales se han volcado política y presupuestariamente en la fabricación de identidades oficiales que son el resultado de transacciones políticas, de acuerdos, y que lógicamente son falsas y artificiales. El nacionalismo, incluso el regionalismo en España, han exagerado la construcción de identidades autonómicas o nacionales diferenciadas hasta tal punto que han generado una nueva categoría de ciudadanos desarraigados, incapaces de identificarse con los esquemas provincianos dominantes. Esas identidades pactadas, diseñadas, han cristalizado en nuevas tradiciones protocolarias y festivas, han primado determinadas expresiones culturales no precisamente vanguardistas -fiestas patronales, barbaridades taurinas-, y han servido para reforzar la confesionalidad de innumerables actos públicos. Por ello, abrazar la patria europea, hacer de su diversidad y riqueza cultural la identidad de uno es, no obstante, un ejercicio irreversible que lo convierte en extraño.

En tiempos de profunda desafección política y con la política, sólo Europa permitirá recuperar a los individuos y colectivos que se sienten desarraigados. Una Europa inclusiva, moderna, tolerante, que desde un federalismo abierto e incluyente permita sentirnos partícipes de un mismo proyecto. Porque somos muchos los que creemos en la ciudadanía como expresión de libertades y derechos públicos y no de identidades oficiales. Ese desarraigo no es sino la expresión, la materialización, de ese sentir que sabe distinguir entre lo individual y lo colectivo, dejando todo lo identitario en la más absoluta intimidad de cada uno.

No se me ocurre una forma mejor de patriotismo que aquel en el que la bandera sean los derechos, las instituciones, las libertades. Una patria europea de identidades múltiples en un mundo cosmopolita en el que cada individuo construye y elige su identidad desde el respeto de la diversidad.

Hoy se rompen los valores europeos porque las élites, o al menos aquellos que nos lideran, han abandonado el cultivo inmaterial cultural para apostar por la acumulación consumista y superficial, la especulación y las burbujas. Un acopio que consideran imprescindible para mantener su estatus frente a las élites de otros lugares en un mundo globalizado. Una acumulación material que en Europa provoca desigualdad, injusticia, inseguridad, la ruptura del pacto social y la pérdida de su sustento cultural. Y sin cultura Europa se deshace. Sin cultura la desigualdad nos derrota, y Europa se vuelve a partir. Unas élites que cuando toman sus decisiones no tienen en cuenta los intereses europeos y la perspectiva europea de integración.
Sin cultura, Europa cae en el peor materialismo. La cultura da forma a la razón. Es más, la cultura es el espíritu de la razón. La creación alimenta el espíritu cultivado. Exige educación, sí, y optar desde la preferencia por los valores inmateriales.

Aunque no es sólo la exhibición consumista. Stefan Zweig nos recuerda en El Mundo de Ayer cómo por su vida han galopado todos los "corceles amarillentos del Apocalipsis, (...) y sobre todo, la peor de todas las pestes, el nacionalismo que envenena la flor de nuestra cultura europea".

También es apátrida europea la abuela Anka de Claudio Magris en Danubio. Y W. G. Sebald, que escribe en Vértigo: "No había nada que deseara más fervientemente que pertenecer a otra nación, o mejor aún, no pertenecer a ninguna". Y tantos más. Y es a ellos a los que hay que seguir, y no a Artur Mas, Alex Salmond o Umberto Bossi, como tampoco a los que defienden la petrificación de los viejos Estados nación.

Nosotros también hemos aportado apátridas europeos de relevancia, Jorge Semprún, Salvador de Madariaga, para los que el exilio, aunque fuera indeseado, los situó en un camino que ahora deberemos emprender voluntariamente. Y antes incluso, desde nuestro país, Ortega y Gasset, sin llegar tan lejos, defendió la necesidad de crear una interpretación española del mundo para superar nuestro retraso utilizando para ello las herramientas que sólo nos da Europa, "la cultura, en términos generales", decía, "y en particular las ciencias creadas desde Europa".

Europa, mi patria, la que había elegido mi corazón, como escribió también Zweig. Europa, que acoge mejor que ninguna otra realidad el better together del referéndum escocés. Europa, sobre cuyas instituciones tanto desconfían los ciudadanos, pero cuya estabilidad y cobijo dan por descontado cuando emprenden irresponsables aventuras.

jueves, 31 de julio de 2014



Reto y ruta para la izquierda.



Artículo aparecido en "Sesión de Control" el miércoles, 30 de julio de 2014.


Lo que la sociedad espera de la política de izquierdas no es sólo una correcta administración desde unos valores ideológicos sino también una redistribución del poder

En estos tiempos turbulentos, la solidez del proyecto político de la izquierda española y europea es imprescindible. Su redefinición debe concentrarse en la recuperación de su credibilidad y rigor superando un periodo en el que la aparentemente infinita bonanza impuso prácticas y mensajes de escaso calado intelectual, más condicionadas por la realidad mediática, por sus ritmos y actores, que por las necesidades políticas ciudadanas, como después bien se ha podido comprobar. El abuso del marketing político y los mensajes prefabricados nos hizo mucho daño.
La exigente realidad obliga también a combinar de otra manera perfiles en los equipos políticos, prestando mayor atención a los factores que dignifican la acción política ante los ciudadanos desde la máxima ejemplaridad pública –mérito, capacidad, formación, intachabilidad-, integrando con habilidad aquellos con carreras largas en el seno de los partidos –y dando salida a los que han agotado sus ciclos políticos o sus oportunidades-, con otros cada vez más numerosos con trayectorias profesionales antes y por supuesto después de la política en el ámbito privado o en la administración. Los primeros gobiernos de Felipe González son un buen ejemplo.
Se acerca un nuevo ciclo económico, y también político, que exige cambios profundos, a todo y a todos, sobre todo a los que quieran sobrevivir, a las formaciones que quieran seguir ahí. A los que son imprescindibles como la izquierda. Sinceramente, no creo que haya otro camino.
Ahora más que nunca la izquierda está obligada a dar ejemplo. También a abrir nuevos cauces de relación con la sociedad eligiendo a sus candidatos a presidir gobiernos o a ser alcaldes mediante primarias abiertas en las que pueda participar cualquier ciudadano y potencial votante. Primarias porque la participación abierta es un fin en sí mismo, un instrumento de legitimación, movilización y de apertura. Y  primarias abiertas en los diferentes niveles políticos o de la administración: Gobierno, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, lo cual exigirá generalizar esta práctica en el seno de los partidos políticos, quizás regulándolo por Ley, y abriendo un camino nuevo prácticamente inédito en que se deberá ir tomando nota de los errores que se produzcan.
Sin duda, una de las cuestiones más delicadas será la de cómo equilibrar y calibrar los resultados de las primarias con las direcciones de los partidos políticos, elegidas democráticamente en sus congresos, a poder ser mediante el voto directo de los militantes como ya ha hecho con carácter histórico el PSOE en su último congreso, y que en nuestro sistema juegan, y deben seguir jugando un papel político fundamental.
La derecha y el populismo conservador, o incluso de extrema derecha con aires urbanos, son los principales rivales de la socialdemocracia. El populismo no puede ser combatido desde su mismo nivel, desde su dimensión, desde el mismo marco de referencia como diría Lakoff. Debe ser respondido con argumentos sólidos, rebatiendo con el peso de la evidencia las falacias que esconde en la práctica totalidad de sus planteamientos populistas o derechistas. Argumentos siempre basados en el individualismo más insolidario -“a mí me iría mejor si…”- o en el victimismo exculpatorio de cualquier responsabilidad propia -“no tengo lo que merezco”, “mira esos recién llegados qué bien les va”…- La izquierda debe argumentar de fondo sus propuestas y respuestas y no hacerlas abusando de la vigilancia de las encuestas, de las opiniones en boga o de las marejadas impuestas por los medios de comunicación.
La potente llamada de atención que realizó Lakoff cuando demostró que la derecha crea e impone marcos de referencia favorables a sus intereses, que llegan a hacer innecesaria cualquier justificación racional del porqué de decisiones que sólo responden a principios ideológicos, está hoy más vigente que nunca y es de rabiosa actualidad. La austeridad expansiva es un buen ejemplo, como las falsas virtudes de las reducciones fiscales para los más ricos, el miedo a la inmigración o la necesidad de desmantelar el Estado de bienestar para volver a crecer. El debate y tormenta de cifras macroeconómicas de este tiempo en el que la recuperación económica es el nuevo eslogan es un buen ejemplo de ello. La desregulación, antes, o las falsas bondades de bajar impuestos a los ricos son también buenos ejemplos.
La socialdemocracia debe ser fiel a sus principios tradicionales, pero debe adaptarlos a la realidad de cada momento. Hoy, los trabajadores, la clase media, las familias que dependen de un salario o dos por cuenta ajena, los pequeños empresarios, los pensionistas, sienten que están perdiendo su posición en la sociedad, su estatus, y se convierten en víctimas fáciles del populismo. Frente al acecho de la ideología vacía, sin respaldo racional e intelectual, los ciudadanos necesitan pruebas claras de lo que la política ha hecho y puede lograr por ellos. En crisis como la actual, cuando los pilares de nuestra sociedad se tambalean, los eslóganes vacíos de la derecha son difíciles de combatir.
Asimismo, cuando la izquierda falla en sus argumentaciones, se cierra a defensiva, o no asume sus errores pasados –lo ocurrido en España entre 2010 y 2011 fue terrible para la principal formación de izquierdas española, ese es su principal lastre-  se fracciona, y lo ocurrido en las elecciones europeas así lo demuestra.
La división, ya sea interna o entre distintas formaciones políticas de izquierda, altera la percepción ciudadana de su capacidad, coherencia y competencia. Esa división afecta con mayor intensidad a las formaciones de izquierda que a los partidos de derechas, que pueden incluso llegar a impostarla para ampliar su espectro ideológico abarcando posiciones aparentemente contradictorias.
Frente al populismo la inteligencia emocional es el complemento imprescindible que necesita el enfoque racional, la aproximación científica a la política que constituye el método tradicional de la izquierda heredera de la ilustración. La izquierda que basa su actuación en la lucha contra la injusticia y la ignorancia. Alfonso Guerra suele definir el socialismo como el ansia de trabajar para que ningún ser humano sea tan poderoso como para someter a un semejante, y que ningún ser humano sea tan débil como para dejarse someter. Lograrlo, exige conocer el estado anímico de los ciudadanos y no sólo sus principales parámetros estadísticos, económicos o sociales. Exige una estrategia y no una consecución de tácticas. Inteligencia emocional, sensaciones, emociones, acompañadas de análisis racional, herramientas, constataciones empíricas y proyectos claros.
La izquierda del siglo XXI debe entender que debe considerar el poder de una manera distinta, con una mayor sofisticación, porque lo que la sociedad espera de la política de izquierdas no es sólo una correcta administración desde unos valores ideológicos sino también una redistribución del poder. Una redistribución del poder en una sociedad ávida de recuperar su impulso democrático y participativo, que exige, como decía antes, unas dosis mínimas de inteligencia emocional para evitar caer en la apatía que provoca la tecnocracia. La izquierda no sólo ha perdido elecciones por el contexto de crisis; no, ha habido otros elementos porque los ciudadanos y ciudadanas saben bien que el crecimiento económico, o la mejora de los salarios incluso, son logros a los que contribuyeron de manera decisiva gobiernos de izquierdas o socialistas y socialdemócratas durante décadas, hechos que sin embargo no han evitaron la posterior derrota en las urnas de gobiernos progresistas.
A pesar de que las cifras macroeconómicas muestran que se acerca cierta recuperación, o que al menos hemos tocado fondo y lo peor ha pasado, hay claras pautas de fondo preocupantes que se imponen por encima de quien gobierne, se reducen los impuestos de los más ricos o de determinadas rentas, los salarios caen, la inversión social y en políticas de crecimiento sigue congelada o en retroceso -y con ello aumenta la desigualdad y se debilita la ya de por sí endeble igualdad de oportunidades de nuestra sociedad-… Otras tendencias o inercias se mantienen: los gigantes bancarios o financieros “demasiado grandes para caer” siguen ahí, y además siguen creciendo y engordando.
Todo ello hace insostenible el crecimiento y la confianza en un futuro mejor, de cohesión y seguridad. Las familias trabajadoras, la clase media –clase media trabajadora-, son el principal motor del crecimiento con su trabajo, su ahorro y consumo, su contribución a la convivencia y cohesión social viviendo en comunidad y sosteniendo y utilizando los servicios públicos básicos, y también como fuente de emprendedores, de innovación y cultura… por su irremplazable aportación al bienestar global.
No tengo ninguna duda de que el ensanchamiento de esa clase social, la clase media o clase media trabajadora, debe ser el objetivo de la política de izquierdas porque es la piedra angular de nuestra sociedad, de nuestro modo de vida europeo, sostenido, basado en valores inmateriales, de nuestra democracia. Un fin que al instrumentarlo exige acabar con la desigualdad, la pobreza y la exclusión, y garantiza la distribución de poder entre los individuos, el refuerzo de la dimensión civil de nuestra sociedad y la igualdad de oportunidades. Un fin que garantiza la convivencia en pluralidad y diversidad que es seña de identidad del progreso y de la izquierda y contra el que se revela la derecha y el populismo.

jueves, 10 de julio de 2014


Prosperidad sin crecimiento.


Artículo aparecido en "Sesión de Control" el jueves, 10 de julio de 2014.

Nuestro país y el mundo han cambiado tanto que desde la izquierda no nos debe asustar buscar y exigir respuestas distintas a los problemas de nuestra democracia. Respuestas que se replanteen casi todo.
Y, probablemente, lo prioritario sea formular una alternativa sólida y consistente de crecimiento sostenible, de desarrollo frente al crecimiento estadístico sin matices, que tome note de los errores y fracasos del último ciclo y que garantice un futuro mejor para las siguientes generaciones.
Desde la crisis económica de la década de los ’70 con frecuencia se acusa a la izquierda de no tener un modelo alternativo de crecimiento, de saber distribuir pero no producir, lo cual no es verdad. Con todo, esa afirmación encuentra eco fácil en la memoria histórica de oposición de los movimientos obreros al capitalismo industrial y a sus consecuencias sociales, o a su manera de comportarse explotando trabajadores, a la naturaleza y en ocasiones a naciones enteras. La historia ha demostrado que las crisis no han desaparecido y que la mejor manera de crecer sosteniblemente es distribuir la riqueza y reforzar la igualdad de oportunidades para garantizar el ejercicio de la libertad en todas sus variantes, también la económica y el emprendimiento. Crecer hoy exige dos elementos irrenunciables: capital humano –conocimiento-, y buenas instituciones.
Un buen ejemplo y definición del nuevo tipo de crecimiento económico que debemos perseguir y que responde mejor a la definición de “desarrollo económico” es la utilizada en la ponencia de la Conferencia Política celebrada por el PSOE en noviembre de 2013:
“Pero para ello es necesario un cambio de rumbo en las políticas públicas para que propicien lo antes posible el desarrollo económico y que dicho crecimiento sea sostenido y duradero, que permita planificar el futuro y crear la confianza necesaria para las generaciones futuras. Que sea equilibrado, tanto con el entorno y el medio ambiente, como en la distribución de la renta, presente y futura, y que palie los desajustes de los ciclos económicos. Que sea integrador, que refuerce la igualdad de oportunidades en todos los ámbitos (educativo, laboral, social…) y a lo largo de todo el ciclo vital -de la infancia a la vejez-; que garantice el acceso de todos y todas en condiciones de igualdad a los servicios esenciales; a favor de la igualdad entre hombres y mujeres, comprometidos con las personas con discapacidad y quienes sufren pobreza y riesgo de exclusión; en definitiva, comprometido con la diversidad, la igualdad y la pluralidad”.
En definitiva un “desarrollo económico equilibrado y sostenible”, porque “las evidencias empíricas demuestran que las sociedades más cohesionadas son las más prósperas y eficaces”.
Es cierto que las pesimistas teorías de los ’70 y ’80 sobre el límite del crecimiento que dieron lugar a interesantes debates y conceptos como el del “crecimiento cero” acuñado por el Club de Roma, han quedado hoy en segundo plano, aunque autores como Tim Jackson han reabierto la cuestión.
Aunque el concepto de crecimiento cero del Club de Roma haya quedado cuando menos aparcado por el intenso crecimiento de las últimas décadas y el avance tecnológico y energético que parecía garantizar una sociedad de rentas altas prácticamente global, la crisis ha vuelto a poner de manifiesto los evidentes límites que existen.
Por ello merece la pena repasar las ideas de Tim Jackson recogidas en su trabajo ‘Prosperidad sin crecimiento’ sobre el dilema del crecimiento.
Jackson sostiene que el crecimiento económico registrado en las últimas décadas es insostenible, tanto porque vivimos en un planeta finito como por el modelo económico dominante. No sólo por razones ecológicas. Así, los recursos pudieron ser reemplazados por tecnología hasta el final del siglo XX, pero ya no es posible seguir haciéndolo. Esta tendencia ha cambiado y las commodities –materias primas- suben de precio. En su opinión en el siglo XXI comprobaremos que las commodities baratas se han acabado para siempre.
Su planteamiento continúa con la afirmación de que el crecimiento ya se había parado antes de la crisis financiera de occidente. La combinación de crisis de crecimiento, inestabilidad financiera, aspiración insostenible a acumular más y más bienes contra deuda y crédito, habría llevado a una situación insostenible, sistémicamente imposible.
Es innegable que el crecimiento aporta infinidad de elementos positivo a la sociedad. El crecimiento es la principal variable explicativa de la mejora de las variables relevantes en los países pobres hasta que alcanzan los 5.000 dólares de renta per cápita, en los que la renta sí marca la pauta del bienestar humano de esas sociedades. Sin embargo, a partir 10.000-15.000 dólares per cápita la correlación se debilita o incluso se invierte en algunos indicadores clave, por ejemplo la esperanza de vida al nacer en el Reino Unido es menor que en Costa Rica.
Jacskon cree en la inestabilidad intrínseca del modelo económico imperante, hecho que oculta el verdadero y profundo dilema, porque el decrecimiento y la crisis son inestables. Así, perseguimos el crecimiento porque no hay nada mejor, porque el decrecimiento es inestable, porque no existe otra alternativa.
Jackson denomina economía del colapso a la búsqueda desenfrenada del aumento de la productividad del trabajo, que si se alcanza provoca efectos sobre todas las demás variables -nivel de empleo, recaudación fiscal, gasto público…-, provocando consecuencias que con cada vez mayor frecuencia son negativas como la deslocalización o el aumento de la desigualdad. Sin embargo, buscamos el crecimiento porque el estancamiento o pérdida de renta es todavía una alternativa peor.
En mi opinión es evidente que la consecución y el soporte de la actividad económica alimentando el consumo contra endeudamiento no implica crecimiento sino un adelantamiento de consumo del futuro al presente. Cuando la carga financiera se vuelve insostenible se acaba produciendo una crisis de endeudamiento como la actual, de la que se tarda en salir porque exige el desapalancamiento de los agentes económicos. Sin embargo, a pesar de las limitaciones físicas y espaciales de nuestro planeta, y de las evidentes debilidades del marco regulatorio y normativo global, de los fallos en gobernanza económica que no han sido corregidos desde que estallara la crisis en 2008, tengo dudas sobre los límites al crecimiento porque soy básicamente optimista respecto a los avances que puedan obtenerse en el futuro como resultado de la evolución tecnológica en todo tipo de ámbitos, campos como el energético, y los que puedan garantizar la mejora constante de la calidad de vida sin extenuar los recursos naturales y el espacio, los dos recursos indiscutiblemente finitos. En este sentido, en cuanto al avance de la tecnología y la disponibilidad futura de ella, quizás soy más optimista.
Crecer es distinto que adelantar consumo contra deuda. Es evidente que el consumo material infinito es insostenible, sin duda una estrategia suicida si se hace contra crédito, como auspició el sistema financiero en el anterior ciclo, y sin que regulador alguno advirtiera a tiempo sobre lo que estaba pasando. Hoy la de deuda acumulada sobre consumo pasado es inmensa, inmobiliaria pero también de otro tipo.
Entre los progresistas, el presidente Bill Clinton se caracterizó por lograr mejorar claramente los indicadores económicos de su país utilizando ese recurso, el crédito para consumo y compra de vivienda, un error. Después, se volvió a demostrar que endeudarse para generar más y mejor capacidad productiva no tiene nada que ve con endeudarse para consumir bienes duraderos como se hizo durante el mandato de Bill Clinton.
Volviendo a Jackson, concluye que para garantizar una economía estable y mejor, y un bienestar humano real sostenido en lo que él llama prosperidad sostenible, hacen falta alcanzar tres grandes objetivos.
En primer lugar es necesario referirse a la idea de prosperidad mejor que a la de crecimiento. Prosperidad es calidad de vida, no sólo es crecimiento material; consumo, es más que ello, es salud social y psicológica, participación en la sociedad, es el arte de vivir bien en un planeta finito. El reto es construir una economía que sirva a ello: empresas, inversión y recursos deben trabajar para lograr ese fin de prosperidad. Así, con empresas que sirvan a la gente, en salud, educación, rehabilitación de vivienda, servicios de mejora vida -ocio, cultura, prestaciones sociales como la dependencia u otros-.
En segundo lugar, entonces, una economía de la prosperidad debe orientar la actividad económica hacia los sectores que no implican acumulación material, que no aumentan el impacto material sobre naturaleza, en general también sectores ricos en empleo como el que antes citaba, el de la dependencia o los servicios entre personas. Sectores con mucho empleo y bajas emisiones perjudiciales para la naturaleza. Ello conduce a invertir con la lógica de inversión sobre un modelo de futuro distinto en los sectores verdes, en energías renovables, transporte público, naturaleza, servicios en empresas dedicadas a la prosperidad.
En tercer lugar, quizás lo mas difícil de conseguir, lo que choca más con la inercia en la que vivimos, Jackson considera imprescindible transformar también la naturaleza del sistema bancario y financiero, y del sistema monetario y financiero por el que se genera el dinero, la oferta monetaria. Jackson considera que la naturaleza del dinero es compleja e inestable -el 90% se genera vía crédito-. Es evidente que el campo de la banca ética, de los otros tipos de créditos, de la inversión cívica, constituyen todavía un campo sin explorar en el que la izquierda debe adentrarse con valentía. No hay que olvidar que John Maynard Keynes (en su obra ‘The general theory of employment, interest and money’) alertó sobre la inestabilidad intrínseca de la economía de mercado hace más de 80 años.
Es interesante detenerse en un último elemento, el que podríamos denominar  macroeconomía sostenible, y en lo que implicaría en materia de oferta de dinero, de crédito y endeudamiento, de fiscalidad. Enfoque de sostenibilidad que puede también utilizarse para analizar otros ámbitos como, por ejemplo, el comercio internacional. Porque, ¿ha existido alguna vez un verdadero comercio justo?
Las conclusiones de Jackson son claras: no cree que exista ni vaya a hacerlo tecnología para garantizar un crecimiento exponencial, considera que no es posible alcanzar los niveles de bienestar occidental en todo el mundo, y que la inestabilidad del sistema económico actual, de la economía, lo hacen inalcanzable.
Esta reflexión, auque genere algunas dudas, sirve para destacar las debilidades estructurales de la economía presente y las consecuencias para el crecimiento y la sostenibilidad a medio plazo de algunas decisiones muy recientes. Por ejemplo, de la austeridad, en un momento en el que la inversión productiva, en innovación o educativa, sufre sus consecuencias mientras se
desvían recursos, que podían ser muy valiosos para converger hacia esa prosperidad a instituciones financieras quizás insostenibles. Todo ello mientras las empresas no consiguen recursos para salir adelante, de ninguna manera, ni sostenible ni insosteniblemente, realidades que demuestran la necesidad de reforzar el papel del Estado, del sector público, y de regular bien.

El crecimiento permite redistribuir renta y distribuir bienes y servicios, satisface necesidades humanas crecientes y mejora calidad vida, creatividad y ocio. El crecimiento facilita la reducción de  las desigualdades y de la pobreza. El desafío del siglo XXI es convertir ese crecimiento en lo que la idea de “desarrollo económico” implica para alinear el desarrollo económico global con los valores y principios de una sociedad democrática con verdadera justicia social.