miércoles, 22 de abril de 2015


Time to rediscover the credible centre ground.



Artículo aparecido en  "Policy Network" el 21 de abril de 2015.


European progressives need to rediscover their capacity to advocate a credible centre ground, and regain the courage to lead

The crisis in Greece serves as a warning to democrats everywhere. The country that centuries ago gave birth to the democratic ideal has the potential today to ignite a populist revolt that could engulf its neighbors and bring Europe to its knees. European leaders have chosen to punt decisions on Greece’s economic future until the summer. In the intervening months, progressives need to define a pro-growth alternative and bring about a ‘European spring’.

In France, Italy and Spain, as elsewhere across the Mediterranean, the threat is tangible. There are little or no significant signs of economic growth. Populist movements from Podemos, to Five Star and the National Front remain strong or are gaining momentum. In this context, the voice of the pro-growth progressive left is trapped in a pincer movement between an ideological right wedded to Angela Merkel’s austerity agenda and disenchanted voters encouraged to blame Europe, foreigners and immigrants for their current woes. The Spanish Socialist Workers Party´s (PSOE) results in Andalucia are great news for progressives but there is still a lot to achieve in coming elections.

Across Europe, then, we are experiencing a leadership crisis. Conservatives seem content to bury their head in the sand and place blind faith in calls for structural reform. The ‘Juncker plan’ is the latest example of this fruitless and failed path. Similarly, progressives seem incapable of mustering the intellectual rigor or the political will to design, propose and pursue a credible pro-growth alternative. In this vacuum, populists are pushing the romanticised ideals of Caracas and Porto Alegre rather than the hard-earned progress of Scandinavia.

The time has now come for progressives in Europe to take ownership of the current crisis: to carve out a political space characterised by realism, facts, and credible policies able to engender economic growth and business competitiveness, and promote social justice. Properly synchronised policies focused on social justice and economic competitiveness can help foster a virtuous circle of inclusive prosperity. Unfortunately in Spain, Podemos claims we can afford Scandinavian public services without the dynamism of their economy, while Ciudadanos warns that Nordic competitiveness is only achievable without its welfare.

The time has now come to move beyond these arcane and unhelpful dichotomies, to stop opposing welfare and competitiveness, or growth and structural reform. All the structural reforms in the world will not deliver growth, just as a massive demand stimulus or mutualising national debt will not improve the competitiveness of French and Italian industry, or make Spain’s social contract sustainable.

The issue is one of choreography and timing. Supply-side measures will only produce results if they are accompanied by the investment necessary to deliver productivity gains. Moreover, good jobs in a competitive economy are the best route to social justice, but they also require investment in innovation and research and development, education and skills, more effective institutions, and new infrastructure. This could not be further from the route Prime Minister Manuel Rajoy chose for Spain – internal devaluation achieved by axing wages and reducing welfare without any strengthening of capital investment. Today, Spaniards are being led in a race to the bottom, when with aspirations for investing in human capital, technology and innovation, and physical capital would could win a race to the top.

Spain, and Europe, needs a new deal, one based on coherent mix of supranational investment and domestic reform, accompanied by a better coordination of macro-economic policies. In the case of Germany, measures to increase Europe’s aggregate demand and mutualise debt must now proceed. This must move forward in tandem with concerted efforts at domestic reform. And these must be supported by greater action at the European level, which is why PSOE recently presented its own re-industrialisation strategy for Europe, focused on investment in human capital and skills.

For this balance to occur, however, European progressives need to rediscover their capacity to advocate a credible centre ground, and regain the courage to lead. Jacques Delors, was fond of saying the EU was like a bicycle: easy to ride as long as it was moving forward, likely to fall once it stopped. Europe needs a new sense of direction and greater balance if it is to survive. Only a credible pro-growth progressive voice can provide this. By moving forward Europe can escape the current crisis, but we should be under no illusions – time is running out for the European dream.

miércoles, 25 de marzo de 2015






Pleno del Congreso de los Diputados de 24/03/2015.

TOMA EN CONSIDERACIÓN DE PROPOSICIONES DE LEY.


DEL GRUPO PARLAMENTARIO MIXTO, ORGÁNICA POR LA QUE SE MODIFICA LA DISPOSICIÓN ADICIONAL SEGUNDA DE LA LEY ORGÁNICA 8/1980, DE 22 DE SEPTIEMBRE, DE FINANCIACIÓN DE LAS COMUNIDADES AUTÓNOMAS. (Número de expediente 122/000178).




El señor MOSCOSO DEL PRADO HERNÁNDEZ: Señor presidente, señorías, quiero comenzar transmitiendo a las familias de las víctimas nuestro pesar y nuestras condolencias por el terrible accidente de esta mañana en los Alpes franceses del avión de Germanwings.

Señorías, debatimos hoy la toma en consideración de esta proposición de ley de reforma de la Ley orgánica de financiación de las comunidades autónomas, Lofca. El objeto de esta reforma, que compartimos, es defender el ordenamiento foral como base de constitucionalidad, cuestión de cierta complejidad jurídica, como luego explicaré, pero que pretende, como todos compartimos en mi grupo, unificar y reforzar el bloque de constitucionalidad que legitima el fuero, con el fin de evitar futuros problemas de interpretación como los que hemos conocido recientemente.

Es necesario evitar conflictos como los generados con las diferentes sentencias del Tribunal Constitucional sobre la naturaleza del convenio económico entre Navarra y el Estado. Señorías, en los debates que celebramos en esta Cámara los días 14 de octubre y 17 de diciembre quedó acreditado que los conflictos que hemos vivido en esta legislatura son incompatibles con la naturaleza del ordenamiento foral y también con su razón de ser paccionada. Nunca desde que estamos en democracia había habido un tiempo tan difícil para el autogobierno de Navarra como el vivido en esta legislatura ni nunca se había abierto una brecha tan profunda entre el Gobierno de Navarra y el Gobierno del Estado como la que se ha abierto en esta legislatura; dos gobiernos, uno de Unión del Pueblo Navarro y otro del Partido Popular, que han roto la tradición paccionada y de lealtad institucional que exigen diálogo y confianza entre ambos para trabajar conjuntamente por el interés común.

En estos debates mi grupo pidió lo siguiente; primero, la revisión y retirada de los recursos al Tribunal Constitucional impuestos por el Gobierno central contra las leyes aprobadas por el Parlamento de Navarra, tal y como la Cámara foral aprobó en septiembre del año pasado; y segundo -lo pedimos sobre todo en el debate de diciembre-, proceder a la adaptación y reforma -aunque sin decir cómo- de la disposición adicional segunda de la Lofca debido a su carácter previo a la Ley orgánica de reintegración y amejoramiento del fuero. Hay que recordar que la Lofca se aprobó en el año 1980 y la

Lorafna, nuestra ley básica constitucional en Navarra, en el año 1982 para garantizar en el bloque de constitucionalidad el reconocimiento pleno del régimen foral navarro así como la condición de comunidad foral de Navarra y todas aquellas modificaciones necesarias para, por ejemplo, garantizar el reconocimiento de Navarra para regular sus propios tributos. También entonces pedimos que se acometiera cuanto antes en el seno de la comisión negociadora del convenio económico la actualización del convenio económico para el quinquenio 2015-2019, y eso ya se ha producido. El pasado 17 de febrero se cerró esa actualización e incluso ese nuevo convenio ya ha sido ratificado por el Parlamento de Navarra en un debate que tuvo lugar el pasado 27 de febrero; debate que también tendremos aquí pronto y que mi grupo, lo adelanto ya, apoyará con su voto.

Señorías, el convenio económico es instrumento y pieza fundamental del autogobierno de la Comunidad Foral de Navarra. Por ello hay que alegrarse del acuerdo alcanzado, sobre todo dado el contexto en el que se ha producido; contexto no favorable de enfrentamiento, de conflicto y en el que es evidente que el Partido Popular -como ya han dicho otros portavoces- está abogando más que nunca por una recentralización del Estado autonómico que también afecta a la Comunidad Foral de Navarra.

El texto del nuevo convenio, de naturaleza paccionada, como no puede ser de otra manera porque así lo que dice la Constitución, es bueno no solamente porque resuelve el conflicto entre Navarra y el Estado por el IVA de Volkswagen, que ya ha sido mencionado por otros portavoces, sino también porque introduce modificaciones que deberán ser tenidas en cuenta a partir de ahora tanto para aquellos que quieran recurrir ante el Tribunal Constitucional normas navarras, ya que se lo tendrán que pensar más porque eso lo dificultará, como para el propio Tribunal Constitucional a la hora de establecer sus propias interpretaciones de futuras leyes. Aunque ese no es el debate objeto del día de hoy, tal y como defendió mi compañero Juan José Lizarbe el pasado 27 de febrero en el Parlamento de Navarra, con el nuevo convenio habrá menos argumentos para recurrir y el Tribunal Constitucional tendrá que medir más sus sentencias.

Señorías, la Constitución española y la Lorafna definen un rico e inmenso campo de juego democrático. Por eso queremos celebrar desde el Grupo Socialista que se normalice el debate sobre lo que supone el marco constitucional de definición del fuero, y me refiero también al grupo proponente. La legitimidad del fuero es constitucional, recogida en la disposición adicional primera de la Constitución, por la cual se amparan y respetan los derechos históricos de los territorios forales. Hay que recordar que la Constitución fue refrendada en Navarra por el 75% de los votantes, que constituían más de la mitad del censo electoral en aquel momento. De modo que, bienvenidos todos a la normalidad constitucional porque solo mi grupo, el Partido Socialista, de todos los grupos que hoy han intervenido, defendió sin ambages la Constitución, solo el Partido Socialista en Navarra.

Voy terminando. Junto al nuevo convenio, que aclara dudas y elimina incertidumbres, hay sin duda un amplio consenso en Navarra sobre la necesidad de modificar la Ley orgánica, la Lofca, tal y como venimos diciendo. También existe, señora Barkos, como usted bien sabe, un rico debate acerca de cómo reformar la Lofca; un debate abierto en el que mi grupo todavía no tiene una posición definitiva. Como decíamos anteriormente, cuando se aprobó la Lofca no había sido aprobada todavía la Lorafna. Navarra entonces no era una comunidad foral y la adicional primera de la Constitución legitimaba nuestro ordenamiento foral y el convenio, remontándose incluso a la Ley Paccionada de 1841. La Lofca recoge esa realidad previa a la Lorafna. Es también relevante recordar la reforma del convenio mediante la Ley 25/2003, que reconoce claramente a Navarra la potestad de establecer tributos propios no convenidos. En definitiva, defendemos todo lo que ya votamos en diciembre y que el Grupo Popular tumbó con su votación porque ya en diciembre votamos la reforma de la Lofca en ese sentido y el Grupo Popular se opuso; espero que no lo haga hoy.

Hay varias posibilidades para reformar la Lofca; esta, la que hoy defendemos, fue registrada por la señora Barkos con fecha previa al acuerdo del nuevo convenio, una iniciativa loable que se sustenta en el artículo 45 de la Lorafna, tal y como ella manifiesta. Es verdad que hay otra iniciativa viva en esta casa, registrada mediante enmienda directa a la Lofca -que también está siendo objeto de revisión en esta Cámara-, elaborada por el señor Salvador, que se sustenta en el artículo 39.1.a de la Lorafna. Ambas merecen ser estudiadas, pero sin duda puede haber otras alternativas factibles, incluso sería posible integrar ambas y hacer referencia a los dos artículos. Esto ha generado un amplio debate jurídico entre reconocidos juristas navarros y de otras comunidades autónomas; ya he mencionado a Juan José Lizarbe, pero también está don Fernando de la Hucha, don Simón Acosta o don Juan Cruz Alli. Creo que es muy importante admitir a trámite esta cuestión y entre todos, porque la naturaleza del foro es paccionada, pactar una reforma de la Lofca que satisfaga a todos ya que debe ser en los próximas décadas la base de desarrollo foral y de autogobierno en Navarra. Por esta razón, señor presidente, señorías, votaremos a favor de la toma en consideración de esta proposición de ley. (Aplausos).

lunes, 23 de marzo de 2015


Riesgo, responsabilidad, pactos y coaliciones.



Artículo aparecido en "El Huffington Post" el 23 de marzo de 2015.
El año 2015 va a ser el más electoral de nuestra historia reciente. Las encuestas muestran que los resultados electorales están más abiertos que nunca, descartando, prácticamente en todas partes, la consecución de mayorías claras. Ello, en tiempos de crisis y desafección genera todo tipo de reacciones, incertidumbre, desasosiego... También provoca que muchos reclamen responsabilidad a la izquierda, al menos a parte de ella.
A estas alturas no existe ninguna duda sobre el grave error de fondo que ha marcado la política económica de la Unión Europea desde el estallido de la crisis. Tampoco sobre las equivocaciones colectivas que en España dilapidaron un ciclo completo de crecimiento entre 1993 y 2008, el tiempo del falso milagro económico que más bien fue una burbuja.
Una de las consecuencias de ese error que todavía perdura es el desplazamiento de los votantes de izquierdas desde el espacio socialdemócrata hacia el populismo como ha sucedido en Grecia. Un logro más de la política económica impuesta por Alemania. Una política basada en conjeturas morales, pero muy alejada de lo que el sentido común y sobre todo la teoría económica recomiendan. Salvo los cruzados del Bundesbank tipo Weidmann, nadie defiende ya lo que se define con la palabra "austeridad". Ningún organismo internacional lo hace, ningún economista relevante la preconiza, pero sin embargo su filosofía perdura.
Había y hay una alternativa de política económica a lo que se ha hecho y lo que se está haciendo como han demostrado los EE.UU. Entre la austeridad y el populismo de izquierdas hay un inmenso espacio en el que hacer políticas progresistas, socialdemócratas. Políticas que aúnen el aumento de la productividad total de los factores y la mejora de la competitividad con la lucha contra la pobreza, la creación de oportunidades y la reducción de la desigualdad. Políticas que permitan recuperar renta y empleo de manera mucho más rápida, como ha logrado la administración Obama.
Desde luego en España los acontecimientos podrían haber sido muy distintos si se hubiera seguido una ruta alternativa. Algo que era factible a pesar de que la insostenibilidad de nuestro modelo de crecimiento dejaba poco margen de actuación. Sin embargo no se hizo. ¿Pudo hacerse? ¿Actuamos con responsabilidad o no había alternativa?
La realidad es que nuestro país asumió la terapia Merkel sin cuestionar el fondo de la misma.
Como explica José Luis Rodríguez Zapatero en su libro El Dilema, temí que la caída en un rescate nos devolviera a un estado de ánimo colectivo similar al sentimiento del noventa y ocho", al tiempo que era consciente de que las medidas que se vio obligado a impulsar le obligaban a actuar "en una intersección en la que tus ideas y compromisos se bifurcaban probablemente de manera irremediable". El sincero relato del expresidente recoge con precisión el extremo contexto en el que bajo el principio de responsabilidad en el ejercicio de su cargo dirigió al gobierno de la nación. También, muestra cómo por diferentes razones y desde una perspectiva socialdemócrata, de izquierdas, nunca hubo una alternativa factible a lo sucedido y aplicado. Se pretendió y se logró evitar el rescate, y punto. Hoy sabemos que había una opción mejor. La hegemonía del paradigma conservador y la aplastante mayoría de la derecha en el Consejo Europeo no lo permitieron entonces, ni tampoco ahora. ¿Cómo se pudo llegar a ese extremo?
Ser responsable siempre implica un riesgo: el riesgo de equivocarse. En el epílogo de El Dilema queda patente que apenas había alternativa porque el error de fondo venía de mucho antes tras casi veinte años perdidos por culpa de un modelo de crecimiento equivocado e insostenible. Antes de las durísimas decisiones de 2010 y 2011, la izquierda gobernante había perdido el pulso de la realidad económica de fondo, lo cual no hizo sino ampliar la posibilidad de equivocarse. Otra enseñanza clara, la de la importancia de no perder nunca la visión crítica sobre la realidad, sobre el fondo de las cosas, y no caer en la complacencia.
Hoy, de nuevo muchos miran hacia el PSOE alegando que es el momento de la responsabilidad. A nadie se le escapa que para muchos de ellos responsabilidad equivale a pactar con la derecha en aras del interés general, que estaría gravemente amenazado, o de cierto interés superior. El dilema entre riesgo y responsabilidad es propio de la izquierda democrática, de la socialdemocracia. Siempre se exige responsabilidad a la izquierda porque es responsable. El problema es que tras 20 años de desregulación y de dominio del paradigma conservador en un mundo globalizado y en rápida transformación los instrumentos tradicionales de política económica ya no sirven. Sin gobernanza económica global real no lograremos preservar nuestro modelo de sociedad. Sin esa gobernanza volveremos a vernos obligados a asumir como inevitable un discurso ajeno. Ser responsable exige un rigor y conocimiento absoluto del medio. Ser responsable exige contar con los instrumentos políticos apropiados, crearlos si no existen y saber utilizarlos. Hoy esa responsabilidad se reclama en el campo económico pero también en el democrático porque es incompatible con la existencia de cualquier atisbo de corrupción o clientelismo en las instituciones.
Para ser responsable, porque nos lo van a seguir exigiendo, la izquierda debe reflexionar sobre los límites de las decisiones o de los acuerdos que vaya a adoptar. No sólo se trata de no abandonar los principios básicos de la izquierda, por supuesto, sino de ser consciente de hasta dónde llegan las consecuencias de las acciones responsables.
El reciente acuerdo contra el terrorismo yihadista es un buen ejemplo del riesgo de la responsabilidad. En este caso, al no existir duda alguna sobre la oportunidad y necesidad de fondo de garantizar la unidad democrática frente a esa amenaza, ha sido posible no sólo suscribirlo sino también explicarlo con coherencia a pesar de las voces que se han levantado en su contra. Un acierto. Y eso a pesar de que la derecha, irresponsablemente, no ha sido capaz de renunciar a imponer la eufemísticamente llamada "prisión permanente", aun a sabiendas de que será derogada en cuanto haya un nuevo gobierno, y a pesar de que arriesgaba el propio pacto. Y es que la derecha no sufre tanto cuando es irresponsable.
Ambos ejemplos, las medidas económicas de 2010 y 2011 y el pacto contra el yihadismo, muestran que el problema no es tanto pactar como salirse del espacio de tus propios principios ideológicos, por la razón que sea. Los pactos siempre deben poder ser explicados manteniendo la coherencia plena con uno mismo. El problema no es pactar o formar coaliciones, el error es asumir como propias políticas ajenas en virtud de la siempre ambigua responsabilidad. Nunca puede ser responsable apoyar políticas no ya injustas, sino inútiles o equivocadas. No se puede ser responsable asumiendo políticas de la derecha. Tampoco es responsable comprometer las posibilidades futuras del principal instrumento de transformación democrática de la sociedad española en siglos.
La sociedad española hoy exige cambios, pero lo hace desde la inmensa sensación de seguridad que genera el pertenecer a la Unión Europea. El formar parte de Europa, sin duda el mayor éxito de la España moderna, sin embargo, propicia ciertos comportamientos irresponsables. Así, a pesar de que Europa es criticada con dureza en esta crisis de desafección política e institucional, y con mucha razón en algunos casos, por contradictorio que parezca Europa sirve de red. Europa como red de seguridad y por tanto como elemento que facilita la exacerbación de opiniones. Por esta razón la crisis entre Cataluña y el resto del país, o el auge del populismo, parecen cuestiones no tan preocupantes, porque nadie acaba de creer que nuestro sistema pueda llegar a romperse. Porque votar contra todo no va a implicar nada gracias a esa red. Creo que esa sensación de seguridad que nos envuelve es peligrosa porque siempre que Europa o cualquiera de sus naciones han caído en el abismo se han aproximado al desastre de manera imperceptible, casi sin darse cuenta.

domingo, 1 de marzo de 2015




Así conocí a Ángel Gabilondo.






Cuando acabé COU en Pamplona la UPNA no existía. Todavía subsistían los vetustos distritos universitarios y nosotros dependíamos del de Zaragoza. Recuerdo que días después de hacer la selectividad en el lnstituto de Ermitagaña alguien fue a Zaragoza y apuntó las notas de todos los de mi colegio en un papel y nos fue llamando uno por uno por teléfono a nuestras casas, al fijo claro. No había móviles ni internet. Así funcionaba todo en junio de 1984. Muchos de mis amigos y amigas queríamos ir a la universidad, fuimos una generación intermedia, logramos llegar a ella más que los de diez años antes pero todavía mucho menos que los de 10 años después. Y es que era algo complicado.


En Pamplona sólo había una escuela universitaria en la que a los tres años obtenías un diploma en empresariales que te servía para licenciarte después en Zaragoza, también teníamos la escuela de ingenieros técnicos agrícolas de Villava, la de ingenieros técnicos industriales del Sario, la escuela pública de enfermería, y la UNED. Y la Universidad de Navarra, claro. El sistema de distrito universitario dificultaba mucho la posibilidad de salir del tuyo, así que Zaragoza era el destino más natural si no lograbas un traslado. Aquél verano del 84 mis compañeros, compañeras y yo nos lanzamos a la aventura de la universidad con diferente grado de éxito porque hubo de todo. Iñaki logró plaza en Sarriko en Bilbao y comenzó allí económicas alojado en una pensión. Angel y Pilar se fueron a Soria a estudiar el primer ciclo de medicina y lograron acabar en Zaragoza. Otros lograron plaza en Zaragoza directamente en primero como Fermín. Javier y Juan comenzaron a preparar el durísimo ingreso en INEF. Tardaron pero lo consiguieron tras años de esfuerzo. Mi segundo Iñaki se puso a trabajar y se matriculó en la UNED. También acabó. Juancho ingeniería en Zaragoza. Eduardo empresariales en Zaragoza. Juanma agrícolas en Villava. Fernando empresariales en la vieja escuela de peritos mercantiles de Pamplona para después acabar en Zaragoza. Cristina empresariales en San Sebastián. Javier se fue a los jesuitas de Deusto. Antxón diseño en Barcelona. Fernando medicina en Madrid. Elena políticas en Madrid porque en toda España sólo había en la Complutense y te garantizaba el traslado. Julián, mi tercer Iñaki, Josecho, Amaya, María Eugenia, y muchos más fueron admitidos en la Universidad de Navarra e hicieron sus carreras sin demasiados problemas. El Gobierno de Navarra y antes la Diputación concedía ayudas a los navarros que estudiaban en ella, pero la Universidad de Navarra tenía sus propios criterios de admisión. Yo me fui a Madrid y tras algunos imprevistos logré matricularme en la Universidad Autónoma, sí, la de Ángel Gabilondo.


En la Universidad Autónoma de Madrid encontré justamente lo que andaba buscando. Una gran universidad pública abierta y diversa con buenos profesores y alumnos de todo el mundo que era capaz de compaginar la escasez de la época con el sueño de la educación pública de calidad. Siempre ha estado en lo más alto de los ranking, y como todas sufrió periodos de
recortes, masificación, sus dosis de endogamia o esclerotización. Yo le debo muchísimo.

Cuando se creó la UPNA impulsada por el PSOE contra las resistencias de siempre la vida y el horizonte de los estudiantes de Navarra se transformó radicalmente. Yo siempre soñé a aquella UPNA emergente como algo similar a la Autónoma de Madrid, vibrante y comprometida con el servicio público y con la excelencia docente, arriba en los ranking compitiendo en calidad y resultados con el resto de universidades públicas o privadas, abriéndose paulatinamente a nuevas áreas y titulaciones.


En la Autónoma de Madrid estudié Ciencias Económicas, 5 años inolvidables, primero y segundo en grandes grupos, tercero en el Reino Unido en la Universidad de Kent en el primer año de la historia de Erasmus, y cuarto y quinto en un pequeño grupo de 20 alumnos que elegimos la especialidad de Teoría Económica, un verdadero lujo intelectual. Al terminar gracias a una beca estudié un master de postgrado en el Colegio de Europa de Brujas, sólo había 5 españoles en mi programa y 2 éramos de la Autónoma. Años después volví al campus para doctorarme. Tardé 5 años mientras trabajaba y daba clase como profesor asociado. Tras leer la tesis un día recibí una carta en la que se me invitaba a la ceremonia de entrega de diplomas y medallas a los nuevos doctores a la que acudí con orgullo y emoción, de nuevo el viejo campus, los árboles habían crecido mucho casi 15 años después.

Y allí estaba el magnífico rector, D. Ángel Gabilondo, quien lo iba decir, y yo con esas pintas recogiendo la medallica. A ninguno se nos podía pasar por la cabeza entonces cuanto íbamos a coincidir después. Qué gran señor, D. Ángel.

jueves, 26 de febrero de 2015




Hay otra política alternativa.



Tribuna aparecida en "El Nuevo Lunes" el 23 de febrero de 2015.

El diccionario de la lengua española define “recuperación” como acción y efecto de recuperar, y “recuperar” como volver a tomar o adquirir lo que antes se tenía. Por ello, cuando escuchamos que la economía española muestra claros signos de recuperación, quizás debamos analizar si va a volver a adquirir lo que antes tenía. El matiz es importante porque aunque en cada ciclo el retorno al crecimiento se llame recuperación, y aunque el sistema productivo y la estructura económica se transformen de manera continua, hay otros elementos que desde una perspectiva ideológica deben ser tenidos en cuenta.

Crecemos, sí, pero nos dirigimos a una realidad socioeconómica indeseada y cualitativamente muy distinta a la anterior.

Nuestra recuperación tiene dos grandes debilidades que se retroalimentan. La primera, su evidente carencia de modelo de crecimiento a medio y largo plazo. El ajuste fiscal no sólo ha generado un injusto reparto de los costes de la crisis por la dureza de los recortes sociales sino que ha cercenado la  capacidad de crecimiento futuro. La caída de la inversión, el colapso de la I+D+i, el castigo a la educación y a la formación de capital humano, el recorte de las política activas de empleo, no hacen sino limitar el crecimiento potencial de la economía española.

La segunda, el aumento de la desigualdad, que tiene varios orígenes: el elevadísimo volumen de desempleo, la ruta de salida de la crisis elegida por el Gobierno en sintonía con el núcleo duro de la eurozona –la llamada “austeridad”–, y nuestro imperfecto sistema fiscal que por el lado de los ingresos no grava a todas las fuentes de renta y riqueza con equidad, y que apenas redistribuye por la vía del gasto.

Precarización laboral y social. Es un error salir de la crisis apostando por la precarización laboral y social, por la reducción de costes salariales como principal vía de mejora de la productividad, olvidando que nuestros principales competidores afrontan la productividad total de los factores de otro modo. A medio y largo plazo la vía elegida por el PP, la propia de un modelo productivo débil y descapitalizado, minimizará la creación de puestos de trabajo estables y bien remunerados, generando gravísimas consecuencias sociales.

La economía española desperdició un ciclo completo de crecimiento entre 1993 y 2008, 15 años consagrados al monocultivo del ladrillo en todas sus dimensiones –constructoras, inmobiliarias, industria vinculada al sector, servicios financieros e hipotecarios, infraestructuras. Un crecimiento que no sólo era insostenible sino que es el responsable de nuestra particular crisis financiera, y el colaborador necesario de la mayoría de casos de corrupción que han erosionado nuestro sistema institucional, disparando la desafección ciudadana sobre nuestro sistema democrático. Fue un inmenso error colectivo en el que participamos todos, Unión Europea incluida, cuyas consecuencias no deben pagar las generaciones venideras. Cualquier mirada atrás relativiza el llamado “milagro español” y la pericia de sus protagonistas.

Con todo, por  muchas razones, hay buenas noticias. El cambio de actitud del BCE gracias al presidente Draghi. El precio de petróleo. Incluso el efecto del rescate europeo de nuestro sistema financiero, una enmienda a la totalidad de la política económica del gobierno del PP que en 6 meses multiplicó por 3 la prima de riesgo “heredada”. Un gobierno que demostró que no tenía plan alguno salvo reducir el déficit -consecuencia y no causa de nuestra crisis-. Un gobierno que no ha levantado la voz en Europa para exigir otra política monetaria, otra política fiscal –el insuficiente Plan Juncker es una concesión a las exigencias de los socialistas europeos-, o políticas de demanda que compensen una austeridad que sólo se justifica desde la moral alemana y no desde la ciencia económica.

Había y hay una alternativa de política económica a lo que se ha hecho y lo que se está haciendo. Los EE UU, el Reino Unido, lo han demostrado. Entre la austeridad y el populismo de izquierdas hay un inmenso espacio en el que hacer políticas progresistas, socialdemócratas. Políticas que aúnen el aumento de la productividad total de los factores y la mejora de la competitividad con la lucha contra la pobreza y la reducción de la desigualdad. Una agenda para la recuperación justa que centre su trabajo en la modernización de nuestra economía, que aborde una radical reforma de nuestro sistema político, y conserve nuestro Estado del Bienestar como elemento de cohesión y progreso seguro. 

sábado, 6 de diciembre de 2014


Por el 6 de diciembre

(y no el 12 de octubre).



Artículo aparecido en "the Huffington Post" el sábado, 6 de diciembre de 2014.

Un año más celebramos el 6 de diciembre, el Día de la Constitución, ajenos a la importancia de la efeméride. Un día desaprovechado que pone en evidencia la más que desafortunada simbología civil de nuestra democracia. El 6 de diciembre podía haber sido nuestro 4 o 14 de julio, pero no fuimos capaces de hacerlo aunque quizás todavía podamos arreglarlo. El 6 de diciembre representa el día en el que todos los deseos y anhelos colectivos democráticos se hicieron realidad. Una fecha, la del 6 de diciembre de 1978, cargada de ilusión, futuro, esperanza, libertad.... Nunca vivimos los españoles un día de mayor ensueño que aquél, los que lo protagonizaron, los que lo recordamos aunque éramos unos niños. Es imposible encontrar otro día con mayor carga simbólica en la España moderna. Por fin vivíamos en democracia y se reconocían las aspiraciones legítimas de todos y todas abriendo un camino que, aunque se sabía que no iba ser sencillo, anticipaba la etapa de mayor prosperidad y libertad de la historia.
Sin embargo, erróneamente, en vez de apostar como referente por el futuro y la convivencia, por la nueva modernidad, elegimos como Fiesta Nacional de España el 12 de octubre, probablemente para evitar herir susceptibilidades en la caverna. Al concentrar los fastos en el 12 de octubre, fiesta cristiano-católica de guardar -la Virgen del Pilar- que coincide con el día en el que Cristóbal Colón desembarcó en América, se emitió un mensaje contradictorio e incluso demoledor sobre el anhelado sueño democrático y constitucional. El 12 de octubre simboliza el pasado y la nostalgia de una España que ya no existe y que nadie o muy pocos añoran. El 12 de octubre es la fiesta de lo que otros proyectaron en el mundo hace siglos, en un momento histórico que nada tiene que ver con el presente.
España necesita celebrar el 6 de diciembre como referencia de futuro, de convivencia en diversidad, de optimismo y, sobre todo, de democracia. Pero no lo hacemos, ni quizás lo sigamos haciendo porque el Gobierno del PP ha anunciado que puede llegar incluso a cambiarlo de día para celebrarse el 5, el 7, o el día que sea para evitar que contribuya a crear un puente. Esa es la confianza que tenemos en nuestro proyecto colectivo.
La España democrática no la logrado construir una simbología que la represente en sus diferentes facetas, ni con sus símbolos identificativos -bandera, himno-, ni con el establecimiento de festividades civiles compartidas y sentidas por todos. Es verdad que venimos de un pasado particularmente gris en este ámbito, y que vivimos en un país sin apenas tradición de símbolos que se identifiquen con la siempre delicada identidad nacional, por decirlo de alguna manera, como la bandera. Pero es que en democracia no hemos sido capaces de lograr ni lo que el Movimiento Nacional y el Nacional-Catolicismo lograron con el 18 de julio como fiesta civil del franquismo.
La inexistencia de una simbología democrática compartida por todos es patente. Un espacio imprescindible e incompleto que debilita la cohesión democrática de nuestras instituciones. Durante la Transición, los que la recordamos, aunque fuéramos niños, nos acordamos de cómo la extrema derecha -lo que quedaba del régimen agonizante, pero que todavía daba mucho miedo- y la derecha en general nunca dejaron de enarbolar la bandera que con un escudo diferente se convertiría a partir de 1978 en constitucional. La derecha sigue haciéndolo en todas sus manifestaciones, prácticamente en exclusiva, y quizás por ello su uso simbólico y colectivo sea el que es salvo cuando juega al fútbol la Roja. Así se comprende que en las grandes concentraciones de la izquierda la bandera casi siempre resulte una rareza.
El fracaso de los símbolos democráticos, de difícil solución el de la bandera -y no digamos ya el del himno- sirve para mostrar la complejidad de nuestro sistema democrático y para poner en evidencia algunos de sus problemas y asignaturas pendientes.
Este hecho se mezcla con otra realidad, la confesionalidad cristiano-católica prácticamente absoluta y omnipresente de la mayoría de celebraciones institucionales, que ya sea por su origen o por una forzada vinculación religiosa casi siempre se celebran acompañadas de una misa católica. El día de la policía -misa en el cuartel por los Santos Ángeles Custodios-, policía foral de Navarra -ídem por el Santo Ángel de la Guarda-, día de la infantería -Inmaculada Concepción- sólo son tres ejemplos entre una casuística prácticamente infinita. Sólo el venido a menos 6 de diciembre tiene un origen laico y civil puro. También somos uno de los pocos países de la Unión Europea en el que el 9 de mayo -el día de Europa- no es festivo.
Es verdad que en la izquierda, al menos la española, no hemos sido nunca demasiado de banderas. Nuestra bandera son los derechos, las instituciones, nuestra patria, las libertades. Pero ello no quiere decir que no tengamos necesidad de poder expresar por algún cauce de vez en cuando nuestro patriotismo progresista.
Un patriotismo progresista en el que, en palabras de Javier Fernández, presidente de Asturias, "la España de los símbolos, los signos y las banderas nos importa menos que la de los hombres y mujeres que trabajan, estudian, que llora o que ríen en ella". Una España en la que debemos sacar partido simbólico y como elemento cohesionador y de progreso a elementos como nuestro idioma común, el castellano, un buen símbolo, que es lo que compartimos y nos proyecta a América y al resto del mundo, y no tanto el descubrimiento y la llamada conquista del 12 de octubre. Es nuestra historia plural y objetiva, el patrimonio cultural, la ciencia o el cine que producimos, o nuestros grandes artistas y escritores como Goya, Picasso o Cervantes, en un país europeo y rico, en el que por fin las diferentes culturas y lenguas españolas conviven libremente en igualdad. Valores del 6 de diciembre y no del 12 de octubre.
Ante este desierto simbólico colectivo se ha dado rienda suelta a los elementos identitarios locales y regionales, casi siempre exacerbándolos, en su mayoría también de origen religioso católico. La vida institucional local y regional se ha hecho asfixiante. Las romerías, procesiones, misas y ofrendas saturan la agenda de la clase política.
Los que somos de izquierda sabemos que las identidades nacionales no son culturales, son el resultado de transacciones políticas, son el resultado de acuerdos políticos, son convenciones, invenciones. Las identidades culturales, las reales, son mucho más complejas, son individuales y también grupales, combinan elementos incatalogables, y cuando una de sus combinaciones se convierte en identidad nacional lo es siempre por la vía de la imposición para los individuos y colectivos que no forman parte del núcleo duro de la misma, generando por tanto alejamiento y desafección.
De nuevo, en palabras de Javier Fernández, "somos menos partidarios de las identidades fuertes que de las identidades múltiples, yo vengo de una tierra en que las identidades se suman, no se restan, pero en un mundo cosmopolita, nosotros construimos nuestra identidad nosotros elegimos nuestra identidad."
Una realidad que constituye un verdadero problema en un país como el nuestro en que todo se politiza y todo sirve para alimentar el enfrentamiento. Una realidad en la que el carácter plurinacional complica la búsqueda de una solución simbólica a esta carencia, como demuestran incluso las cada vez más difíciles relaciones entre el centro y la periferia.
Por todo ello, cuando se reforme la Constitución, que se reformará como propone el PSOE, deberíamos volver a celebrar el referéndum el 6 de diciembre, y convertir esa fecha en la principal y única Fiesta Nacional, la de la convivencia democrática en pluralidad y diversidad. Por una vez tendremos que pensar en el futuro dejando atrás para siempre inútiles aires de grandeza y creencia sobrenaturales impuestas. Celebremos, todos juntos, el porvenir.

lunes, 3 de noviembre de 2014



Apátridas europeos.



Artículo aparecido en "the Huffington Post" el sábado, 18 de octubre de 2014.


Leyendo este verano me topé con Fernando Pessoa, mejor dicho, con su heterónimo Bernardo Soares, y su famosa expresión "mi patria es la lengua portuguesa". Una bonita frase que me hizo reflexionar, y ahí sigo. Así, descartada como patria mi lengua española, y también el inmenso espacio geográfico y cultural en el que vive y vibra con gran energía, o parte de él, y sin apenas dudar, creí que sólo Europa lo puede ser. Pero no cualquier Europa. La Europa que compartimos, soñamos y todavía construimos por encima de las viejas limitaciones nacionales. La Europa de Stefan Zweig, Claudio Magris, W. G. Sebald y tantos otros. Europeos apátridas que han dedicado su vida a reivindicar y poner en valor la gran cultura europea y el saber histórico acumulado en Europa, una tarea que me congratula y con la que me identifico.

Una Europa multilingüe que sólo puede ser cultura y democracia. Democracia, por supuesto, paz, seguridad y estabilidad garantizadas en el propio proceso de integración europeo. Un proceso que no debe abandonar jamás el objetivo último de unión política. La unión de una Europa que es su cultura.

Recorrer Europa es sin duda el mejor ejercicio que se puede recomendar en este tiempo en el que los valores que cohesionan a nuestra sociedad son sistemáticamente abandonados por casi todos, poderes públicos, medios de comunicación, ciudadanos.... La Europa culta, ordenada, la que todavía aprecia el valor inmaterial de los bienes culturales de todo tipo -artes plásticas y escénicas, literatura, cine, música, conservación del patrimonio... contrasta con la zafia realidad que vivimos cotidianamente.

Si recorrer Europa es altamente recomendable -aunque, ciertamente, no todo sea jauja, por supuesto-, en ocasiones el regreso es impactante, como suele escribir Javier Marías al terminar cada verano.

Y es que no se trata sólo del desprecio por la creación cultural en una sociedad materialista y excesivamente inculta. No, se trata de una sociedad en la que sus instituciones, sus gobiernos nacionales, regionales o locales se han volcado política y presupuestariamente en la fabricación de identidades oficiales que son el resultado de transacciones políticas, de acuerdos, y que lógicamente son falsas y artificiales. El nacionalismo, incluso el regionalismo en España, han exagerado la construcción de identidades autonómicas o nacionales diferenciadas hasta tal punto que han generado una nueva categoría de ciudadanos desarraigados, incapaces de identificarse con los esquemas provincianos dominantes. Esas identidades pactadas, diseñadas, han cristalizado en nuevas tradiciones protocolarias y festivas, han primado determinadas expresiones culturales no precisamente vanguardistas -fiestas patronales, barbaridades taurinas-, y han servido para reforzar la confesionalidad de innumerables actos públicos. Por ello, abrazar la patria europea, hacer de su diversidad y riqueza cultural la identidad de uno es, no obstante, un ejercicio irreversible que lo convierte en extraño.

En tiempos de profunda desafección política y con la política, sólo Europa permitirá recuperar a los individuos y colectivos que se sienten desarraigados. Una Europa inclusiva, moderna, tolerante, que desde un federalismo abierto e incluyente permita sentirnos partícipes de un mismo proyecto. Porque somos muchos los que creemos en la ciudadanía como expresión de libertades y derechos públicos y no de identidades oficiales. Ese desarraigo no es sino la expresión, la materialización, de ese sentir que sabe distinguir entre lo individual y lo colectivo, dejando todo lo identitario en la más absoluta intimidad de cada uno.

No se me ocurre una forma mejor de patriotismo que aquel en el que la bandera sean los derechos, las instituciones, las libertades. Una patria europea de identidades múltiples en un mundo cosmopolita en el que cada individuo construye y elige su identidad desde el respeto de la diversidad.

Hoy se rompen los valores europeos porque las élites, o al menos aquellos que nos lideran, han abandonado el cultivo inmaterial cultural para apostar por la acumulación consumista y superficial, la especulación y las burbujas. Un acopio que consideran imprescindible para mantener su estatus frente a las élites de otros lugares en un mundo globalizado. Una acumulación material que en Europa provoca desigualdad, injusticia, inseguridad, la ruptura del pacto social y la pérdida de su sustento cultural. Y sin cultura Europa se deshace. Sin cultura la desigualdad nos derrota, y Europa se vuelve a partir. Unas élites que cuando toman sus decisiones no tienen en cuenta los intereses europeos y la perspectiva europea de integración.
Sin cultura, Europa cae en el peor materialismo. La cultura da forma a la razón. Es más, la cultura es el espíritu de la razón. La creación alimenta el espíritu cultivado. Exige educación, sí, y optar desde la preferencia por los valores inmateriales.

Aunque no es sólo la exhibición consumista. Stefan Zweig nos recuerda en El Mundo de Ayer cómo por su vida han galopado todos los "corceles amarillentos del Apocalipsis, (...) y sobre todo, la peor de todas las pestes, el nacionalismo que envenena la flor de nuestra cultura europea".

También es apátrida europea la abuela Anka de Claudio Magris en Danubio. Y W. G. Sebald, que escribe en Vértigo: "No había nada que deseara más fervientemente que pertenecer a otra nación, o mejor aún, no pertenecer a ninguna". Y tantos más. Y es a ellos a los que hay que seguir, y no a Artur Mas, Alex Salmond o Umberto Bossi, como tampoco a los que defienden la petrificación de los viejos Estados nación.

Nosotros también hemos aportado apátridas europeos de relevancia, Jorge Semprún, Salvador de Madariaga, para los que el exilio, aunque fuera indeseado, los situó en un camino que ahora deberemos emprender voluntariamente. Y antes incluso, desde nuestro país, Ortega y Gasset, sin llegar tan lejos, defendió la necesidad de crear una interpretación española del mundo para superar nuestro retraso utilizando para ello las herramientas que sólo nos da Europa, "la cultura, en términos generales", decía, "y en particular las ciencias creadas desde Europa".

Europa, mi patria, la que había elegido mi corazón, como escribió también Zweig. Europa, que acoge mejor que ninguna otra realidad el better together del referéndum escocés. Europa, sobre cuyas instituciones tanto desconfían los ciudadanos, pero cuya estabilidad y cobijo dan por descontado cuando emprenden irresponsables aventuras.