miércoles, 4 de junio de 2014



Regenerando la izquierda española



Artículo aparecido en "diariocritico.com" el miércoles, 4 de junio de 2014

Hace dos meses presenté "Ser hoy de izquierdas ", un trabajo en el que reflexiono acerca de la hoja de ruta que debe marcar el camino de una socialdemocracia moderna y ejemplar, y también de nuestro país. Tras los resultados de las elecciones europeas del pasado 25 de mayo algunas de mis propuestas se han convertido en algo más que necesidades urgentes. El reto al que nos enfrentamos es muy grande. Como sociedad, tendremos problemas si no somos capaces de superarlo, si no logramos aunar en un esfuerzo de reforma constitucional ejemplaridad, transparencia, contundencia y profundidad en el cambio que la sociedad exige todos los días. Si no lo logramos y no ofrecemos una respuesta clara, junto al resto de demandas sociales que oímos cada día, entonces, ante la dimensión de las incertidumbres y riesgos que nos acechan, es posible que nos veamos abocados a refundar el modelo constitucional con el que nos dotamos en la transición y que nos ha permitido disfrutar -con sus defectos- del periodo de democracia, libertad y prosperidad más prolongado de nuestra historia.Ese es el reto, reformar con profundidad nuestro modelo de convivencia o, quizás, arriesgarnos a la incertidumbre de tener que refundar uno nuevo desde la nada, una vez más, porque como bien se sabe España jamás reformó ninguna constitución. Siempre las derogó y las reemplazó por otras nuevas, y nunca en democracia.


Hasta ahora sólo la izquierda ha sido hasta ahora capaz de ofrecer propuestas y planteamiento concretos de reforma de la Constitución. Una izquierda que, con todo, corre el grave riesgo de desmembrarse en grupos y movimientos sin coordinación inhabilitados para asumir el reto reformista que exige nuestro tiempo. Mientras la izquierda propone -reforma constitucional del PSOE por ejemplo-, la derecha ha optado temerariamente por lo contrario. En el momento en el que los españoles necesitamos reforzar con inteligencia emocional nuestro debilitado proyecto común apelando a argumentos inclusivos, el gobierno, por ejemplo, ha decidido dar un paso atrás brutal y temerario en materia de libertades -ley del aborto, de seguridad ciudadana, etc.-.

La cuestión ya no es sólo cómo resolver la crisis territorial con Cataluña sino como evitar también que la desafección política y el retroceso en libertades acabe debilitando los cimientos de nuestro proyecto constitucional. Un proyecto constitucional que pide a gritos reformas para adaptarse a las profundas transformaciones experimentadas por nuestra sociedad y el mundo en las últimas cuatro décadas.

La izquierda puede y tiene que recuperar el control político de la economía, algo que se ha perdido en los últimos 30 años. La economía ya no depende de la política. Mientras, se avanza en la dirección contraria. La ruta que ha tomado la derecha en España constituye una ruptura del pacto social que acompañó a la Constitución en la que se apuesta por una economía social y de mercado, por la preservación de la igualdad.

Vivimos un tiempo difícil, un tiempo en el que la sociedad exige reacciones y respuestas a la izquierda. Una sociedad que siente como una sensación terrible se apodera de ella, la de perder las históricas conquistas alcanzadas tras siglos de frustraciones, y después de 35 años de construcción democrática entre todos. Conquistas de todos, pero sobre todo de la izquierda, que se nos escapan como arena entre los dedos. Qué gran desilusión ante una derecha que creímos europeizada y que ahora calla mientras contemplamos con estupor como se desmontan no ya los avances de los últimos años, sino los de la década de los 80, como las primeras leyes que nos equipararon a Europa aprobadas hace 30 años y sobre las que existe un amplísimo consenso social.

El objetivo prioritario de la izquierda, la lucha por la igualdad de oportunidades, real, efectiva y en libertad plena es una tarea que exige y exigirá atención permanente durante generaciones. Una tarea que en España es patrimonio de los progresistas en los que reside también el liberalismo que falsamente se cree cobijado bajo las grandes siglas de la derecha. No está ahí en ninguna de sus dimensiones, económica, moral y civil, de concepción social y de libertades -tampoco los llamados libertarios- como demuestra todos los días el gobierno actual.

El proyecto común de los españoles, las normas de convivencia, sigue siendo un espacio de preocupación y una prioridad para la acción política de la izquierda. En la actual crisis territorial las únicas propuestas capaces de resolver la quiebra que se está produciendo entre Cataluña y el resto de España provienen de la izquierda, básicamente de los socialistas, y probablemente sólo desde una gestión responsable por gobiernos de izquierda puedan ser resueltos. La situación es en mi opinión mucho más grave y delicada de lo que la derecha quiere reconocer. Una derecha que se niega a asumir que España será federal o, quizás, no será. Aunque algunos se resistan a verlo, España nunca fue Francia sino una compleja nación de naciones que nunca ha vivido tanto tiempo en democracia como lo ha hecho con la Constitución de 1978, con todos sus defectos, sí, y con su modelo territorial. 

Es mucho lo que necesita la izquierda para estar a la altura porque el conformismo y los automatismos después de décadas de éxitos, los errores políticos y los errores provocados por las inercias organizativas durante décadas, cierto estupor y falta de reacción ante la profundidad y rapidez de los cambios sociales y económicos, lo exigen. Una izquierda que sigue siendo tan necesaria y de tanta actualidad como nunca pero que debe reaccionar.

La sociedad exige a la izquierda soluciones, propuestas, reformas políticas valientes que transformen la sociedad y no se limiten a adaptarla, porque no duda de sus valores. Exige también liderazgos sólidos en tiempos de democracia mediática y de cierto relativismo ideológico, probablemente los éxitos de la maquinaria comunicativa y de propaganda de la derecha que ha logrado transformar los principales marcos de referencia de percepción ciudadana de la política. La política no puede convertirse en marketing, pero tampoco puede obviar las herramientas que se utilizan todos los días para ganar apoyos aunque con frecuencia sean meros instrumentos de manipulación. Hay que saber defenderse, y por ello los ciudadanos cada vez se fijarán más en las personalidades y biografías de los candidatos, y en políticos que sepan abandonar la clásica confrontación entre el "ellos" y el "nosotros", para lograr defender en primera persona el interés público.Los ciudadanos reclaman soluciones,  porque aunque confían en los valores de la izquierda creen menos en sus respuestas. Sin embargo, ello no quiere decir que no haya que hablar de valores, al contrario, se deben recordar permanentemente y el mejor modo de hacerlo es siendo ejemplares, convirtiendo en costumbre una actitud moral de excelencia ejemplar, algo también olvidado con demasiada frecuencia en toda el espectro político, pero con mucha mayor capacidad de destrucción en la izquierda que en la derecha. En Italia, Matteo Renzi ha demostrado como la izquierda puede ganar con claridad aplicando reformas radicales en materia de democracia, partidos políticos, transparencia, lucha contra la corrupción propia y ajena, combinada con una agenda económica y social de izquierdas y realista, no populista ni inalcanzable como la de algunos movimientos de izquierdas que hoy triunfan. 

La desafección, la pérdida de confianza de la ciudadanía en los políticos y en las instituciones democráticas se debe a diferentes razones -crisis económica, corrupción, representatividad, sistema de partidos...- comunes a todo el sistema actual, aunque para la izquierda tiene una causa particular adicional: la falta de confianza en el cumplimiento de las promesas electorales. Nunca más la izquierda debe hacer en el gobierno lo que nunca prometió desde la oposición y durante la campaña que le llevó al poder. Un problema insuperable incluso si se intenta hacer lo que se prometió, como está sucediendo en Francia, pero no se logra. Que la derecha incumpla sus programas es su problema, la izquierda no puede vivir con ello.

Las personas de izquierdas quieren poder votar candidatos competentes y comprometidos, preparados, con personalidad, con experiencia en otros ámbitos, porque quieren que sean parte importante del futuro, del futuro de todos. Por eso también necesitan creer en las propuestas, y contemplar en las mismas un proyecto de vida y convivencia de medio y largo plazo, un proyecto que trasmita seguridad y sensación de mejora, y que sea capaz de construir instituciones y políticas que les sirvan durante toda su vida. Propuestas, también, que sean lo contrario del gris e incluso siniestro proyecto social de desigualdad de la derecha española. Propuestas que permitan también, como siempre, fraguar consensos sobre las normas básicas de convivencia con las fuerzas conservadoras democráticas, pero desde planteamientos justos e igualitarios y no para avalar una vez más viejos status quo. El sueño del progreso es de la izquierda, y sin él la izquierda está perdida.

miércoles, 28 de mayo de 2014




Europa y la Socialdemocracia.



Artículo aparecido en "Sesión de control" el miércoles, 28 de mayo de 2014.

Hoy, todavía, Europa es lo más parecido que hay a la socialdemocracia . Incluso, Europa es socialdemocracia. Se podría replicar que la construcción europea fue un éxito conjunto de democristianos y socialdemócratas, con los primeros al frente de más gobiernos durante las décadas iniciales de postguerra. Pero no es menos cierto que aquellos viejos cristianodemócratas, humanistas democráticos con sentimiento social, han sido reemplazados por agrios conservadores hijos de la revolución neoconservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y que cuentan con nuevos amigos en su propio seno o a su derecha, ya sean viejos y siniestros conocidos europeos como hemos visto en Grecia, y como estamos viendo crecer mucho en Francia o los Países Bajos, o una derecha fundamentalista y ultraconservadora a imagen de la que en Estados Unidos se autodenomina ‘tea party’.
Una derecha que la profunda crisis económica y social que estamos viviendo está poniendo en evidencia, demostrando lo poco tiene que ver con la que contribuyó a construir el estado del bienestar europeo. Mientras, por contra, la socialdemocracia sigue manteniendo intactos los principios y valores de entonces, convertida, como decía Tony Judt, en la prosa de la política europea contemporánea, lo cual constituye su principal problema, su éxito sin épica.
La combinación de crisis económica y supuesta crisis de la socialdemocracia nos obliga a responder con valentía. La izquierda no supo reaccionar con determinación a la crisis financiera de 2008. Esta crisis ofrece la oportunidad de quitarnos de encima las complicadas y vacuas definiciones acuñadas por la ‘tercera vía’ de Tony Blair en su intento de construir un pensamiento progresista compatible con la desregulación financiera y con la globalización en un marco neoliberal. Un camino que sólo sirvió para distribuir, y hacerlo de esa manera, la riqueza creada en unos años de prosperidad insostenible.
Vivimos tiempos de crisis social, de pérdida de calidad de vida y bienestar, de voladura controlada del sistema de igualdad de oportunidades que tanto costó construir, de abandono de la sanidad y educación públicas, de paro desbocado. Tiempos de inseguridad e incertidumbre en los que a pesar del indecente espectáculo protagonizado por el sistema financiero y sus gestores, los mercados han logrado imponer políticas sin debate democrático alguno con el fin de rescatar al sector financiero del desastre provocado por la desregulación que antes logró imponer.
Las consecuencias de esta crisis demuestran que nunca como en estos años había estado la política tan sometida a los intereses económicos de unos pocos. Este sometimiento ha provocado la mayor crisis de la construcción europea desde su creación porque Europa es justamente lo contrario: el sometimiento de la economía a un fin político, la convivencia democrática en libertad bajo nuestro modelo de bienestar social. Tras la Segunda Guerra Mundial Europa puso la economía –el carbón y el acero primero, el mercado común después, el euro…- al servicio de un gran sueño. Y esta crisis provocada por la desregulación ha puesto todos los sueños políticos, ciudadanos y de convivencia al servicio de un paradigma económico injusto e insostenible.
La combinación de crisis económica y una derecha más alejada que nunca de los valores humanistas de la ilustración, como apunta Tzvetan Todorov, ofrece una oportunidad irrepetible a la izquierda europea para construir una alternativa creíble. Un inmenso reto porque en la práctica, salvo honrosas excepciones, socialdemocracia sólo ha habido en Europa. Pero las cosas han cambiado también fuera de Europa, y mucho.
Dany Rodrik en su famosa paradoja que ya hemos citado varias veces señala la imposibilidad de conciliar tres elementos: democracia, soberanía nacional y globalización, teniendo que optar como máximo por dos. Democracia y soberanía llevan al aislamiento y la autarquía. Soberanía y globalización a ¿China? Si apostamos por la primera y la última, democracia y globalización, debemos convertir esta globalización en el campo natural de actuación de nuestra imperfecta Europa, reubicando en Europa la soberanía perdida por el Estado nación.
Esa alternativa exige, no obstante, tomarse en serio de una vez por todas el proyecto de construcción europea, y hacerlo tomando decisiones que lo transformen. Hay que asumir que una Europa de 28 miembros –pronto serán más- puede conducir rápidamente a un proceso de geometría variable en el que sólo unos pocos Estados profundicen en todo aquello imprescindible para volver a poner la economía al servicio de los ciudadanos.
En el ámbito económico, la Unión Europea, y más aún los países que conforman el euro, debe ser capaz de cerrar el deficiente diseño de lo que sólo es una unión monetaria. La unión fiscal y la unión bancaria ya en marcha deben tener un contenido diferente al que hasta ahora la derecha ha avalado desde su tutela permanente. Hace falta una armonización fiscal con impuestos y tipos marginales equiparables, un mecanismo de mutualización y solidaridad financiera y de la deuda como en cualquier unión federal –eurobonos, Tesoro, un presupuesto europeo eficaz y transparente, recursos propios, tasa sobre transacciones financieras…-, un BCE comprometido con el crecimiento y el empleo, y una regulación y supervisión bancaria con garantías también mutualizadas, tanto para la resolución de entidades fallidas como para los depósitos.
Y probablemente también, abrir el debate a nuevos espacios como el de las políticas que un presupuesto federal europeo debería financiar desde el principio de solidaridad, y en qué cuantía, o por ejemplo el talento –capital humano y tecnológico- y los elementos que garanticen la competitividad en todo el territorio comunitario. Porque del mismo modo que el sur, por ejemplo, necesita la credibilidad tomada prestada del norte para sostener sus finanzas, el norte necesita el inmenso mercado mediterráneo para soportar su industria y sistema productivo.
La política económica de dimensión europea está obligada a concentrar sus esfuerzos en educación e I+D+i, política industrial y energética, y a hacerlo desde la doble perspectiva de la sostenibilidad, tanto social como medioambiental. Exactamente lo contrario de lo que la derecha española y europea está eligiendo como camino, sin competir “hacia abajo” sino peleando para garantizar el éxito de nuestro modelo de sociedad “hacia arriba”.
El Parlamento Europeo debe ser la sede del control político de todas las políticas comunes. Ese es el camino para dar respuesta a las dudas de muchos como Daniel Innerarity , que denuncia con razón que la integración europea es un proyecto liderado y modulado por las élites sociales, políticas y económicas europeas con un sesgo tecnocrático excesivo y que eso no puede seguir siendo así. Innerarity cree que es inconcebible una política europea que haga frente a los inmensos retos que hoy afrontamos y que permita salir de la profunda crisis en la que estamos, sin el respaldo explícito de la población europea, de la ciudadanía.
La izquierda sólo cuenta con una única formación política organizada a escala europea, el Partido de los Socialistas Europeos. Los socialistas tenemos que convertirlo en un verdadero partido político. Un partido que sirva de referencia para la amplia panoplia de partidos de izquierdas con escasa o ninguna articulación a escala europea, y que al mismo tiempo se vuelque en la propuesta de políticas de dimensión europea destinadas a impulsar el crecimiento y el empleo, reducir las desigualdades y desequilibrios económicos, sociales y regionales, y convertir el modelo social europeo en seña de identidad y garantía de éxito y competitividad. Unos objetivos complementados asumiendo la inevitabilidad de las propuestas socialdemócratas en lo fiscal –unión fiscal, eurobonos-, falta avanzar por la vía de los ingresos, y financiero –unión bancaria, incompleta-, y reivindicando que la estructura de bienestar social europea debe comunitarizarse.
Claro que en lo social se debe amarrar antes, con mayor solidez que la presente, un compromiso común de la izquierda respecto a lo que debe ser una verdadera unión social. Un compromiso imprescindible que defina los elementos básicos que hagan de Europa la región más poderosa en bienestar, igualdad de oportunidades, dignidad vital, de manera compatible con la excelencia de sus empresas que son las que generan la riqueza sobre la que todo se sustenta como hemos logrado en las sociedades escandinavas, por ejemplo.
Algo sigue fallando cuando la solidaridad se defiende preferentemente para los nacionales de un mismo país. Sin duda la percepción de ciudadanía común europea, de pertenencia a un mismo espacio, de compartir un origen y un destino, todavía deben desarrollarse mucho más.
En lo social, la falta de proyecto común izquierda europea, las políticas de “empobrecer al vecino” -’beggar thy neighbourg’, en el inglés original-, se practican con excesiva frecuencia en el seno de la Unión Europea debido a las imperfecciones institucionales existentes y a la supremacía de valores conservadores. Y también debido a la hegemonía de los marcos de referencia de la derecha que culpabilizan al sur de todos sus problemas, sean o no los responsables de los mismos.
A partir de 2014 hay que ir más lejos de lo que han propuesto durante la legislatura europea 2009-2014 el Partido Socialista Europeo (PES) y el grupo Socialistas y Demócratas (S&D) en el Parlamento Europeo para salir de la crisis, crecer y hacer frente al austericidio al que nos obliga una derecha ya sin argumentos. Pero atenuar o acabar con la austeridad, sin más, no implicará crecer como ya hemos argumentado. El crecimiento retornará cuando nuestra economía produzca de nuevo bienes y servicios competitivos utilizando los recursos ociosos existentes y los que se generen invirtiendo y a través de la educación, de la I+D+i, aumentando el potencial de crecimiento. Una economía sustentada en empresas sólidas e innovadoras con un nuevo énfasis industrial. Crecer exige ser competitivo a escala global.
La construcción del Estado de bienestar se fundamentó en el crecimiento, y ese debe volver a ser el objetivo de la izquierda, crecer, defender un modelo propio que priorice el concepto de desarrollo económico frente a la cruda idea de crecimiento sin más, sin atender a sus limitaciones y consecuencias. Un modelo claro, que asuma un entorno con retos estructurales como la globalización, el desempleo post-burbuja inmobiliaria con escasa formación, el endeudamiento o el envejecimiento de la población, elementos que exigen propuestas valientes.
A escala global, sólo Europa puede salir de la crisis por una senda progresista que conduzca a un futuro, o cuando menos a un nuevo ciclo económico, de crecimiento y mayor cohesión social y bienestar, que luche contra el aumento de la desigualdad. Si no se logra establecer un paradigma común norte-sur socialdemócrata, dentro y fuera del euro, será difícil reforzar el papel político que la izquierda pueda desempeñar en el próximo doble ciclo económico y político, no sólo en Europa sino también en el resto del mundo.
En el ámbito institucional la izquierda debe ser la vanguardia que confronte y detenga la resaca soberanista que amenaza Europa, y que exige la renacionalización de políticas hoy comunitarias o la generalización del intergubernamentalismo. Para ello es necesario reformar sus instituciones para dotarlas de verdadera esencia democrática y de capacidad de control ciudadano, oponiéndonos a su vez a cualquier retroceso. No tiene sentido debilitar permanentemente el procedimiento comunitario –la unión bancaria en su apartado de resolución, por ejemplo, en el Consejo Europeo de diciembre de 2013- o suspender Schengen cada vez que se organiza una cumbre financiera en una ciudad importante como ocurrió en Barcelona en abril de 2012 -las libertades fundamentales europeas no deben ser condicionales-.
La derecha ha impuesto que los acuerdos alcanzados en el Consejo entre gobiernos –intergubernamentalmente- eclipsen el trabajo de la Comisión Europea y condicionen en exceso la capacidad del Parlamento Europeo para participar en las mismas a través del procedimiento de codecisión. Todo ello debilita el ya de por sí limitado sistema de garantías democráticas del proceso de toma de decisiones de la Unión. La situación es casi crítica porque si no se lograr dotar de contenido político perceptible por los ciudadanos el trabajo diario del Parlamento Europeo, y si los ciudadanos siguen expresando su voluntad política principal en las elecciones a unos Parlamentos nacionales cada vez menos capaces de seguir y participar en el debate europeo, el futuro de Europa, en un futuro no muy lejano, quizá converja hacia una unión o alianza de Estados de tipo confederal frente al objetivo federal que hoy la sustenta.
La izquierda europea debe también luchar al unísono para seguir profundizando en la construcción de la ciudadanía europea, explicando con claridad en que consiste. Una vez más, sin percepción real y objetiva de lo que representa, carecerá de relevancia y tangibilidad política. La ciudadanía europea es una necesidad perentoria en una sociedad multiidentitaria de vocación laica en la que cada uno tiene derecho a sentir muchas cosas a la vez. Hay tanto por hacer, por ejemplo, Europa debe garantizar la última instancia judicial no sólo en derechos y libertades fundamentales como hace ahora en la institución hermana de la Unión, el Consejo de Europa en Estrasburgo, sino también en derechos económicos y sociales. Probablemente, tengamos que aligerar y superar nuestros problemas lingüísticos priorizando el inglés como segunda lengua comunitaria y vía de comunicación común.
La socialdemocracia tiene que lograr que su actuación en Europa sea coherente con los objetivos últimos de construcción de una Europa federal, de una verdadera unión política con todas sus consecuencias, como un servicio exterior y un ejército europeo donde se comparta, básicamente, todo. La construcción de una Europa unida y el sueño socialdemócrata de una sociedad democrática, justa y próspera han sido los motores políticos de nuestros últimos cien años.  Europa será socialdemócrata o no será.
(Este artículo sobre “Europa, austeridad y nuevo rumbo”  se desarrolla en el capítulo 11 de ‘Ser Hoy de izquierdas)



lunes, 5 de mayo de 2014




Patriotismo progresista


Artículo aparecido en "Sesión de control" el domingo, 4 de mayo de 2014.

Quizás algún día se pueda abordar la cuestión de los símbolos democráticos fallidos, como el himno o la bandera, sin duda de difícil resolución.
La crisis económica que vivimos y las crisis que como consecuencia de la misma se han abierto, en lo social, o se han ampliado y reanimado, en lo territorial, y generan pesimismo sobre nuestro futuro y desafección con nuestro sistema político e institucional.
Hoy somos conscientes de los logros acumulados y consolidados en los ya más de 35 años de democracia, pero también de los errores y elementos que deben ser corregidos. Uno de esos espacios imprescindibles incompletos es, por ejemplo, el de la simbología democrática.
La España democrática no la logrado construir una simbología que la represente en sus diferentes facetas, ni con sus símbolos identificativos -bandera, himno-, ni con el establecimiento de festividades civiles compartidas y sentidas por todos. Es verdad que venimos de un pasado particularmente gris en este ámbito, y que vivimos en un país sin tradición de símbolos que se identifiquen con la identidad nacional, por decirlo de alguna manera, como la bandera. Pero es que en democracia no hemos sido capaces de lograr ni lo que el Movimiento Nacional y el Nacional-Catolicismo lograron con el 18 de julio como fiesta “civil” del franquismo.
Durante la Transición, los que la recordamos aunque fuéramos niños, recordamos cómo la extrema derecha y lo que quedaba del régimen agonizante pero que todavía daba mucho miedo, y la derecha en general, nunca dejaron de enarbolar la bandera que con un escudo diferente después se convertiría en constitucional. Una bandera contra la que crecimos y que en el imaginario colectivo competía y sigue compitiendo con la tricolor republicana, bandera que sigue simbolizando idealistamente la injusta y dura derrota de aquel gran sueño democrático.
Bandera, la nacional, que compitió en buena parte de España durante la Transición con el resto de banderas españolas, sobre todo la ikurriña y la senyera. Banderas que el mismo régimen persiguió y cuya normalización en la Transición provocó mucho más entusiasmo en los nacionalistas, e incluso en la izquierda, que el continuista cambio de escudo consecuencia de las cesiones de ambas partes en el consenso constitucional. La bandera de la Europa Unida, incluso, nos ha servido y mucho.
Pues bien, esa realidad se ha transmitido a la siguiente generación hasta el punto de que solamente el deporte, en especial el fútbol y las victorias de la selección española han logrado verdaderas exhibiciones masivas colectivas de la bandera constitucional. Hoy todavía la derecha se envuelve en la bandera nacional, con o sin escudo, incluso con algún águila bicéfala, para acudir a sus convocatorias, no importa que sean manifestaciones a favor de un modelo específico de familia y contra el matrimonio de personas del mismo sexo, en contra del aborto, protestas de todo tipo contra gobiernos de izquierda, o para celebrar las victorias electorales del Partido Popular. No importa lo que les convoque a los ciudadanos de derechas, ahí van con la bandera. Así se comprende que en las grandes concentraciones de la izquierda, por ejemplo contra las reformas laborales, en contra de la guerra de Irak o en apoyo de determinadas huelgas, la bandera brille por su ausencia, y no digamos en las Comunidades Autónomas en las que existen fuertes sentimientos identitarios. Y no digamos ya el himno, cuyo problema es que no tiene letra y que tampoco se cambió en la Transición.
Un fracaso el de los símbolos de difícil solución, y sirve para mostrar la complejidad de nuestro sistema democrático y para poner en evidencia algunos de sus problemas y asignaturas pendientes.
La mitología civil de nuestra democracia tampoco ha sido muy afortunada Elegimos concentrar los fastos el 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar que coincide con el de llegada de Cristóbal Colón a América, un guiño al pasado y a la nostalgia de una España que ya no existe y que nadie o muy pocos añoran, lo que otra España proyectó en el mundo en un momento histórico que nada tiene que ver con el presente, y en cualquier caso no una referencia de futuro de convivencia y democracia como es el 6 de diciembre. Un 6 de diciembre que el gobierno del PP ya ha anunciado que puede llegar incluso a cambiar de día para y celebrarse el 5, el 8, o el día que sea para evitar que contribuya a crear un puente.
Este hecho se mezcla con otra realidad, la confesionalidad cristiano católica prácticamente absoluta y omnipresente de las celebraciones institucionales. Hay infinidad de ejemplos.
Ante este desierto simbólico colectivo los ciudadanos se han refugiado en los elementos identitarios locales y regionales, exacerbándolos casi siempre, la mayoría también de origen cristiano-católico.
Cierto es también que en la izquierda, al menos la española, no hemos sido nunca demasiado de banderas, que nuestra bandera son los derechos, las instituciones, y nuestra patria las libertades . Pero ello no quiere decir que no tengamos necesidad de poder expresar por algún cauce de vez en cuando nuestro patriotismo progresista.
Un patriotismo progresista en el que, en palabras de Javier Fernández, presidente de Asturias, “la España de los símbolos, los signos y las banderas nos importa menos que la de los hombres y mujeres que trabajan, estudian, que llora o que ríen en ella”. Una España en la que debemos sacar partido simbólico y como elemento cohesionador y de progreso a elementos como nuestro idioma común, el castellano, un buen símbolo, que es lo que compartimos y nos proyecta a América y al resto del mundo, es eso y no tanto el descubrimiento y la llamada conquista del 12 de octubre.
Es nuestra historia plural y objetiva, el patrimonio cultural, la ciencia o el cine que producimos, o nuestros grandes artistas y escritores como Goya, Picasso o Cervantes, en un país europeo y rico, en el que las diferentes culturas y lenguas españolas conviven como acostumbra a recordarme el diputado por Girona del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) Alex Sáez Jubero, porque la lengua materna de muchos españoles no es el castellano. Es nuestra diversidad como identidad estratégica para afrontar el futuro. De nuevo, en palabras de Javier Fernández: “somos menos partidarios (los socialistas) de las identidades fuertes que de las identidades múltiples, yo vengo de una tierra en que las identidades se suman, no se restan, pero en un mundo cosmopolita, nosotros construimos nuestra identidad nosotros elegimos nuestra identidad”.
Una realidad que constituye un verdadero problema en un país como el nuestro en el que todo se politiza y todo sirve para alimentar el enfrentamiento. Una realidad en la que el carácter plurinacional complica la búsqueda de una solución simbólica a esta carencia, como demuestran incluso las cada vez más difíciles relaciones entre el centro y la periferia en palabras de Josep Ramoneda.
El patriotismo progresista puede ser interpretado como una versión o un aspecto del republicanismo cívico de Philip Petit que, como apunta José Andrés Torres Mora, explica quiénes somos –la izquierda- políticamente, destacando la importancia de tener una idea de Estado, algo fundamental en la izquierda y a lo que no siempre ha prestado la atención suficiente, porque la izquierda hunde sus raíces en el discurso económico, la redistribución, la trayectoria del socialismo democrático y la construcción del estado del bienestar.
Un Estado en el que desde la izquierda se debe defender la idea de no dominación, entendiendo el ejercicio de libertad como el de esa no dominación, con el fin de desplegar instituciones capaces de explotar al máximo el potencial de una ciudadanía cada vez más crítica y diversa para lograr también como objetivo socialdemócrata centrar el discurso económico en un espacio nuevo, el de un proyecto económico claro alternativo al de la derecha basado en ideas como la de la predistribución como garantía de una asignación justa antes de la intervención correctora de los poderes públicos –en lo que sería la redistribución-.
La identidad política de la izquierda, su patriotismo, es la del valor público, las instituciones públicas, los derechos y libertades que garantiza el Estado de Derecho, es Europa.
España es un país con una gran diversidad. Desde esa diversidad debemos seguir construyendo una idea de ciudadanía como expresión de libertades y derechos públicos, de orgullo patriótico por nuestras instituciones desde el nivel local hasta el europeo y en el futuro también a escala global, y nunca de identidades oficiales. Un patriotismo progresista que, quizás, algún día pueda abordar la cuestión de los símbolos democráticos fallidos, sin duda de difícil resolución.

(La idea de "Patriotismo progresista" se desarrolla en el capítulo 6 de mi libro, 'Ser hoy de izquierdas')

martes, 25 de marzo de 2014

Adolfo Suárez


Adolfo Suárez





Han sido dos intensos y emotivos días en los que hemos despedido al primer presidente del gobierno de nuestra todavía joven democracia, Adolfo Suárez. Él fue un político valiente e incluso transgresor que lideró en un momento dificilísimo el tránsito hasta la consecución del mayor sueño que siempre tuvimos los españoles: la democracia.
Su partido, la Unión del Centro Democrático (UCD), más que un partido fue un movimiento, un movimiento por la democracia y la reconciliación. En él convivieron hombres y mujeres de diferentes ideologías que compartían lo esencial, su ansia por vivir en democracia y libertad, por fin.
Por esa misma razón Adolfo Suárez supo dar un paso atrás cuando nuestra democracia se estabilizó, y la democracia de partidos ideológicos se consolidó, dejando atrás el inmenso impulso colectivo que logró que nuestra transición, a pesar de sus defectos y debilidades, fuera un éxito. Todos somos herederos de Adolfo Suárez y de su obra, y la Constitución de 1978, su gran legado para varias generaciones de españolas y españoles que con ella hemos vivido ya el periodo más largo de democracia y prosperidad de nuestra historia.
Adolfo Suárez sabía que el lugar que nuestro país debía ocupar era Europa, y legisló con acierto en aquellos arduos años, la reforma fiscal que introdujo la progresividad en nuestros impuestos, la ley del divorcio o el estatuto de los trabajadores son algunos de sus principales logros.
Estas leyes fueron las primeras piezas del estado social y de derecho que consagra la constitución y que desde un primer momento contaron con la oposición de la derecha. Todos somos sus herederos aunque algunos intenten hoy apropiarse en exclusiva de su legado, en especial la derecha en la que ya entonces militaba buena parte de la cúpula actual del PP, aquella AP, y que en aquellos años se caracterizó por su permanente obstruccionismo ante las leyes que Adolfo Suárez impulsó - como todas las citadas - o incluso títulos completos de la Constitución como el VIII.
En Navarra la oposición de parte de la derecha a la disposición transitoria cuarta provocó su no apoyo a la Constitución. Fueron años difíciles en los que Adolfo Suárez recibió también críticas durísimas desde la izquierda, desde el PSOE, años en los que se forjaron los cimientos de nuestra democracia. Hemos despedido a un gran hombre y a uno de los mayores héroes de nuestra democracia.
Hoy en día Adolfo Suárez es el único político de nuestra democracia inmortalizado con un medallón en su honor, como insigne orador, en los muros del Congreso desde 2011. Nunca le conocí pero le recuerdo muy bien. Ha sido un honor velar su memoria durante dos días en el Congreso de los Diputados.

domingo, 23 de febrero de 2014



Una Unión Bancaria junior


Artículo aparecido en el periódico "ABC" el domingo, 23 de febrero de 2014.


Una cuestión tan árida como la Unión Bancaria va a protagonizar la recta final de la legislatura europea hasta las elecciones de mayo. Una Unión Bancaria junior que no pretende resolver los problemas de la crisis actual, sino prevenir futuras crisis. Un proyecto nacido en el Consejo Europeo de junio de 2012. Otro avance más en la llamada gobernanza económica, imprescindible, sí, pero insuficiente y surgido de la necesidad. Una consecuencia más del gigantesco vacío político que los tratados no supieron predecir.

La Unión Europea (UE), y más aún los países del Eurogrupo, ha ido rellenando ese vacío siguiendo una ruta de escasa legitimidad democrática, erosionando el método comunitario y confrontando con un Parlamento Europeo que poco a poco ha sido capaz de hacer frente al intergubernamentalismo auspiciado por Angela Merkel y sus aliados.

La invención continua de una política económica europea se ha realizado también desde otros ámbitos, por ejemplo el BCE. No hay más que recordar la frase pronunciada por Draghi en verano 2012, “haré cualquier cosa que sea necesaria para preservar el euro, y créanme que será suficiente”, que a pesar de ser la responsable de la relevante reducción de los diferencias de deuda española, italiana y portuguesa e incluso griega, ha sido combatido por el Bundesbank.

Políticamente, la Unión Bancaria debe resolver “a futuro” dos cosas: la fragmentación del sistema financiero, y la conversión de la deuda privada en pública. En otras palabras, eliminar los diferenciales y evitar que los contribuyentes paguen las quiebras bancarias como ha ocurrido en España y en la mayoría de los países de la UE.

Ese objetivo último, cortar de raíz el círculo vicioso entre crisis financiera y crisis de deuda soberana. ¿Se habrá logrado evitar aunque sea “a futuro”? Paul de Grauwe, por ejemplo, cree que “si esta Unión Bancaria hubiera existido antes de la erupción de la crisis, nadie hubiera notado la diferencia: los problemas serían los mismos”. La red de seguridad que estamos tejiendo habría resultado insuficiente.

Una Unión Bancaria debe contar con tres pilares, sólidos, creíbles: supervisión, resolución o liquidación, y garantía de depósitos. Desde 2012 el primer pilar se ha cerrado dejando fuera las entidades “no sistémicas”, y casualmente alemanas en su mayoría, -una primera debilidad, leve-; un procedimiento de resolución que todavía no está cerrado ni es suficiente; y no está previsto crear un Fondo de Garantía de Depósitos único de verdad, sino sólo armonizar lo existente.

Esta semana el ECOFIN ha debatido los elementos que el Parlamento Europeo plantea para lograr un acuerdo con el Consejo sobre el segundo pilar, la resolución o liquidación. Son muchas las debilidades del esquema propuesto por el Consejo el pasado diciembre. La nueva “autoridad de resolución” no es independiente de la voluntad del Consejo y de los grandes países que en la práctica contarán con derecho de veto, es un ente intergubernamental que no se rige por el método comunitario ni garantiza la igualdad de trato a todos los países. En realidad el Consejo Único de resolución, en su diseño actual, es una “asamblea de resolución” que exigirá, según el Financial Times, 9 instancias y 126 personas para adoptar decisiones que, cuando se producen las crisis, exigen respuestas en 24 horas.

Durante la larguísima transición de más de una década no habrá Fondo Único sino una suma de fondos nacionales, para culminar en 2026 con un fondo insuficiente, incluso, para tapar el agujero que generaron las cajas de ahorro españolas rescatadas. Ello tampoco garantiza su financiación plena por el sistema financiero hasta dentro de demasiado tiempo. El Fondo Único de Resolución, pequeño y de lenta dotación, 55.000 millones de € dentro de más de 10 años, no asegura la mutualización de las futuras deudas que genera el sistema financiero, ni mucho menos su enjuague retroactivo como en alguna ocasión anunció el gobierno español.

Sin unos mecanismos de resolución robustos –independientes, ágiles, y bien financiados- incluso el BCE puede ver debilitada su credibilidad como pieza central de todo el sistema. Mientras no se rompa el círculo vicioso que convierte la deuda privada en soberana no se podrá considerar cerrada la Unión Bancaria y, por tanto, normalizado los mercados y el sistema financiero español, y europeo, y por tanto consolidados unos elementos imprescindibles aunque no suficientes para la recuperación económica.

miércoles, 1 de enero de 2014


2014 (centenario del 14).


Artículo aparecido en "the Huffington Post" el miércoles, 1 de enero de 2014.

En el momento en el que los españoles necesitamos reforzar con inteligencia emocional nuestro debilitado proyecto común apelando a argumentos inclusivos como el better together de los británicos, el Gobierno ha decidido dar un paso atrás brutal y temerario en materia de libertades. La anunciada reforma de la ley del aborto refuerza los argumentos de los que quieren abandonar el proyecto común.
Así, aunque la crisis económica quizás comience a quedar atrás no ocurrirá igual con la percepción de una ciudadanía asustada y aturdida por el rumbo que desde hace un tiempo ya excesivo han tomado los acontecimientos. Aunque algunos indicadores macroeconómicos comiencen a cambiar y mejorar, las dos crisis que han acompañado a la económica, la social, y la política e institucional que afecta a nuestro sistema democrático y modelo territorial, no mejorarán y ojalá me equivoque.
La cuestión ya no es sólo cómo resolver la crisis territorial con Cataluña sino cómo evitar también que el retroceso en libertades acabe debilitando los cimientos de nuestro proyecto constitucional.
Desde todo el mundo se contempla con estupor a un Gobierno empeñado en hacer el Don Tancredo ante Cataluña. Un Gobierno que ha decidido, precisamente cuando la sociedad española más necesitaba un gesto por la convivencia y de respeto a la diversidad, presentar una reforma de la ley del aborto que impacta en la línea de flotación del proyecto constitucional. Si esto es lo que el PP quiere aportar al proyecto común mal vamos, porque el rechazo ha sido general. Una vía nueva, la del retroceso en libertades hacia tiempos preconstitucionales, que complementa y refuerza la constatada capacidad del PP para generar independentistas. ¿Exageración? No lo creo.
Comienza un nuevo año que promete fuertes y dramáticas sensaciones. Un año que arranca con una sensación terrible, la de perder las históricas conquistas alcanzadas tras siglos de frustraciones y después de 35 años de construcción democrática y entre todos. Conquistas que se nos escapan como arena entre los dedos. Estos días he observado cómo los españoles y españolas que protagonizaron esa lucha democrática ven en nuestro futuro la misma oscuridad que vivieron en su pasado y que creyeron definitivamente superada. Lo he visto en su mirada, en su nueva inquietud, inseguridad e incluso miedo. Y sobretodo he visto una honda decepción que comparto. Habrá un antes y un después al anuncio de la reforma de la ley del aborto. ¡Qué silencio el de tantos a los que no quiero citar! ¿Qué están pensando los políticos del PP de mi generación? ¿Los que están en el Gobierno? ¿A qué esperan para denunciar este retroceso? Qué desilusión... Callan mientras contemplamos con estupor cómo se desmontan no ya los avances de los últimos años sino los de la década de los 80 como las primeras leyes que nos equipararon a Europa aprobadas hace 30 años y sobre las que existe un amplísimo consenso social.
Hemos abandonado el camino de la ilustración para volver al de la España en blanco y negro. Las Erasmus volverán a Europa sí, ellas, pero a abortar. Y las acompañáremos, las ayudaremos, que nadie lo dude, y si van a Londres como hicieron sus abuelas que no pasen a pedir ayuda por la Embajada de España como tampoco pudieron hacer entonces. Ahora como hace 30 años, las viajeras forzadas a ese u otros destinos de Europa serán con todo más afortunadas que las que se tengan que someter a sórdidos y peligrosos abortos clandestinos en nuestro país.
Desde que recuperamos la democracia el estupor que la futura ley Gallardón ha generado en Europa no tiene precedente, nunca una ley española había sorprendido e indignado tanto. Pienso en las reformas húngaras que han debilitado allí el Estado de Derecho y que obligaron a la Unión Europea a abrir un expediente, una reacción que ya no parece imposible en nuestro hasta ahora ejemplar país. Así lo evidenció la humillante felicitación que Jean Mari Le Pen remitió al Gobierno por su anteproyecto. Somos el país europeo que más derechos recorta junto a Hungría como suele recordar Juan Fernando López Aguilar.
Con todo, la derecha europea con la que siempre hemos soñado desde la izquierda española existe. Es posible, como nos lo ha vuelto a recordar el muy conservador The Times con su implacable y lúcido editorial sobre la nueva ley. Existe, aunque todavía no en nuestro país.
Como The Times recuerda, la nueva legislación debilita el pluralismo, restringe la libertad, lastra y retrasa la posición de la mujer en la sociedad española, daña la familia e infringirá daños físicos y psicológicos en las mujeres muchas veces en situación desesperada. Una mala ley con efectos lamentables, continúa, un abuso de poder gubernamental, sigue, que se inmiscuye en ámbitos de decisión personal que sólo corresponden a los propios afectados. La ingeniería social, termina diciendo, la practican los gobiernos autocráticos. Es evidente que hay otras derechas. Es evidente también que, como suelo insistir, no hay ni un liberal de verdad en la derecha española.
Lo peor de todo es que con este anuncio el Gobierno demuestra que todas las conquistas son reversibles, que para esta derecha lo constitucional no tiene que ser necesariamente legal si no encaja en su propia y reaccionaria moral privada. Después de esto nadie puede dudar de que el matrimonio de personas del mismo género, las políticas de igualdad de género, incluso nuestras quizás ingenuas aspiraciones laicas, todo está bajo el punto de mira de la derecha de siempre.
Todo es efímero, menos la derecha española, mala cosa, por su culpa un país de nuevo avergonzado en las páginas de la ignominia europea.
No logro entender cómo la derecha española de 2014 se parece de repente tanto a la de cualquier periodo previo a la transición. No logro entender por qué la derecha española se cobra ahora esta triste revancha innecesaria y peligrosa. Innecesaria porque su doble moral e hipocresía en estas cuestiones es ya legendaria, ellos seguirán abortando fuera como siempre lo han hecho. Peligrosa porque llega en un momento muy delicado, una sociedad hastiada que ve cómo el sueño de la transición se hunde y que necesita querer el proyecto común, cuidarlo, protegerlo, y creer en él. Una sociedad ávida de futuro y progreso a la que en vez de con esperanza e ilusión se alimenta con retrocesos en el bienestar, con la pérdida ahora de las conquistas civiles y democráticas más simbólicas, con escasa confianza en las instituciones democráticas.
Se equivoca gravemente el Gobierno con decisiones como ésta que nos alejan de Europa y pulverizan nuestro proyecto constitucional. Su particular nacionalismo patrio, imposición colectiva de sus convicciones morales y religiosas particulares, retroceso en las libertades y en particular las de las mujeres, es cualquier cosa menos un proyecto común. Es un proyecto que puede centrifugar España.
Y es una forma de nacionalismo, sí, el propio del siglo XX a la española que creíamos superado o muy mermado. Tan nacionalismo como el catalán, por ejemplo, al que la derecha pretende confrontar inútilmente desde el inmovilismo constitucional.
El mismo nacionalismo que hace 100 años destruyó Europa en una guerra, la de 1914, cuyo trágico centenario viviremos en 2014. Entonces, en el día de año nuevo de 1914 la inmensa mayoría de europeos no consideraba probable la guerra. Como la historiadora canadiense Margaret MacMillan explica en 1914, de la paz a la guerra, "incluso tras el asesinato de Francisco Fernando, archiduque de Austria y heredero al trono austrohúngaro, asesinato que desencadenó la crisis, (los europeos) siguieron creyendo que todo se resolvería pacíficamente como había ocurrido hasta entonces. Lo que propició una peligrosa complacencia".
Complacencia, peligrosa y oportuna palabra cuando vemos que para las elecciones europeas del próximo mes de mayo la extrema derecha racista y xenófoba -¿lo recuerdan?- decide concurrir conjuntamente como ya han anunciado el Frente Nacional francés de los Le Pen y el holandés Geert Wilders, recuperando propuestas y eslóganes de aquella tragedia y de las que le siguieron. Y pretenden ir juntos para atacar el proyecto común europeo, la Unión Europea, el gran invento colectivo para acabar con todos los autoritarismos.
Cien años después Europa todavía no ha terminado de digerir aquello. En El mundo de ayer, memorias de un europeo, cuando la Segunda Guerra Mundial había ya estallado, Stefan Zweig escribió: "En 1914, después de casi medio siglo de paz, ¿qué sabían las grandes masas de la guerra? No la conocían. Apenas habían pensado en ella. Era una leyenda y precisamente la distancia la había convertido en algo heroico y romántico".
Sin embargo un disparo en Sarajevo y 37 días bastaron para precipitar la gran guerra, 20 millones de muertos y otros tantos heridos o mutilados y el fin de una época, un desastre en el que el nacionalismo demostró su capacidad destructiva y frente al que a pesar de los intentos de muchos, de muchos socialistas como el francés Jean Jaurè y de la mayoría de las clases medias urbanas, como apunta Margaret Macmillan, nada se pudo hacer. Stefan Zweig nos recuerda que en 1914 la gente confiaba en sus gobernantes, en la diplomacia, en sus llamadas a la paz, en su buena fe. Pero al final todo falló, la diplomacia, la política, los sistemas colectivos de seguridad, la democracia. Por ello, continúa, en 1939 nadie confiaba en casi nada ya.
No quiero hacer un artículo pesimista. No lo soy y existen soluciones, están ahí al alcance de nuestras manos. La situación actual no es en absoluto comparable a la de entonces, pero comienza 2014 y en el centenario de aquello resulta obligado recordarlo. 2014 debe ser el año de Europa, hay elecciones al Parlamento Europeo y los ciudadanos debemos ser conscientes de la importancia que tiene el proyecto colectivo europeo.
Los socialistas, progresistas, gentes de izquierdas en general debemos movilizarnos porque nuestra sociedad tiene un doble problema con la derecha. Por un lado, en España, una derecha que debilita peligrosamente el proyecto común constitucional negando las reformas que la sociedad exige para "revisar las normas de convivencia", y que formula cambios legislativos como el de la ley del aborto que restan atractivo a dicho proyecto común y alimentan el independentismo. Por el otro, en Europa, aunque el proyecto colectivo de paz, prosperidad y bienestar que representa la Unión Europea se mantiene en pie, lo hace dominado y prácticamente secuestrado por una derecha casi hegemónica en sus instituciones. Ese dominio, responsable de muchos de los errores de los últimos años cometidos a escala europea exige una drástica reacción ciudadana en las elecciones del Parlamento Europeo de mayo. Una reacción que permita una nueva mayoría de izquierdas y progresista en el Parlamento Europeo para cambiar el rumbo de Europa y, también, para garantizar desde Europa que nuestro maltrecho proyecto constitucional español no naufraga. Feliz año.

domingo, 29 de diciembre de 2013


2014: esperando a Europa (otra vez)



Artículo aparecido en el periódico "ABC" el domingo, 29 de diciembre de 2013.

Todas las esperanzas de recuperación económica y de salida de la crisis en la que estamos, de la recesión técnicamente habríamos salido ya, pasan de nuevo por el camino que elija Europa en un año electoral. Si 2013 ha sido el año en el que François Hollande demostró que la alternancia en el Elíseo no sirvió ni para reorientar el tono de la política económica impuesta por el Consejo de la Unión Europea ni para diluir la hegemonía de la canciller alemana Angela Merkel, 2014 debe ser el año en el que la coalición CDU-SPD muestre su hoja de ruta. Ojalá sea otra y los socialdemócratas logren lo que Hollande no pudo alcanzar.

Los últimos hitos relevantes de la trayectoria europea se fijaron en 2012 y en los primeros meses de 2013 hasta que el clima preelectoral alemán congeló de facto cualquier innovación. Una desequilibrada unión fiscal sólo por el lado de los gastos, y una indeterminadísima unión bancaria con un proyecto razonable de supervisión pero sin rastro alguno de mecanismo de resolución solidario y común, y mucho menos de garantía de depósitos, se abren paso mientras seguimos sin noticias de la solidaridad verdadera, la que tiene que ver con la deuda soberana y con la construcción de diques que garanticen que la deuda privada no se convertirá en pública –en España la broma de Bankia, las cajas gallegas y algunas catalanas nos ha costado a los contribuyentes más que toda la red de AVE existente-. Un año, 2013, en el que la Unión ha aprobado su nuevo marco financiero para el periodo 2014-2020, a todas luces insuficiente para la magnitud del reto al que nos enfrentamos. Y un año también que ha mostrado lo muchísimo que se puede tardar en aprobar un programa como el de la Garantía Juvenil –empleo o formación para todos los jóvenes antes de cumplir 4 meses en el paro- dotado con un raquítico presupuesto que sí, es mejor que nada, pero que difícilmente va a contribuir a modificar las expectativas que existen sobre esta tragedia –nadie prevé una reducción significativa del desempleo en nuestro país antes de 2016-.

Así las cosas y algo cansados del debate austeridad-crecimiento ahora que nadie defiende el tono, ritmo y composición de los recortes ejecutados desde 2010, ni el FMI ni la Comisión desde luego, pero conscientes de la necesidad de equilibrar las cuentas públicas, 2014 aparece una vez más como año clave. Año clave, sí, otra vez. Equilibrar las cuentas, algo que hoy en España es un problema de ingresos más que de gastos a pesar de los excesos que protagonizamos en los buenos tiempos de la burbuja. Una necesidad de equilibrio, sin embargo, en el ciclo y no año a año como equivocadamente impone la incumplible Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera de 2012, en contra del acuerdo político que acompañó a la reforma de la Constitución de 2011 –art 135- , y que no va a servir para devolver nuestra economía al crecimiento.


En 2014 elegiremos un nuevo Parlamento Europeo que debe ser ante todo europeísta y no euroescéptico ni eurófobo, pero mejor progresista que conservador. Un Parlamento capaz de denunciar con claridad los problemas que la mayoría conservadora en el Consejo ha dejado cristalizar a cambio de nada: así ni saldremos antes de la crisis ni lo haremos más cohesionadamente. Hasta el debilitado Obama del final de 2013 parece un intrépido gobernante en materia económica en comparación con lo que la UE, el eurogrupo y el Consejo han logrado. Por eso ahora que los liberales alemanes han desaparecido engullidos por Angela Merkel, y ahora que el SPD forma parte del gobierno federal habiendo renunciado desde el primer día a formar un gobierno con los verdes y Der Linke –atención al dato, la izquierda obtuvo más votos y escaños que la Sra. Merkel- es la hora de las novedades. Porque si la UE no se plantea dar otro aire al mandato del BCE –crecimiento también, no sólo inflación-, si no se armoniza la fiscalidad en serio también por el lado de los ingresos –cuantos problemas nos ahorraríamos en España-, si no pretende adoptar algo que merezca el nombre de presupuesto en el siguiente periodo financiero que debería coincidir con el nuevo ciclo político, y si no profundiza en la mutualización solidaria de deuda gestionando conjuntamente pasivos –eurobonos- desde un tesoro europeo, no habrá nada que hacer y no lograremos salir de la crisis sin pagar antes un altísimo precio.