lunes, 5 de diciembre de 2011

TRIBUNA PUBLICADA EN EL DIARIO ABC EL 4/12/2011

ESPERANDO A EUROPA, Y A RAJOY

Juan Moscoso del Prado

Diputado a Cortes por Navarra (PSOE)
y Doctor en CC. Económicas

Las crisis siempre tienen un componente político, mayor cuanto más profundas resultan. Esta no es una excepción en un doble sentido, en primer lugar en el de las decisiones políticas que desde la década de los 80 provocaron el desgobierno financiero basado en una desregulación con fundamentos ideológicos que no técnicos, y en segundo lugar en la incapacidad europea de responder con instrumentos políticos eficaces y proporcionales a la dimensión de la amenaza –globales o cuando menos europeos-. Han pasado más de tres años desde su comienzo y Europa sigue secuestrada por un tándem franco-alemán que rezuma lo peor de un provincianismo secular nunca superado. Son ya demasiadas las rectificaciones, las decisiones aparcadas, la asunción de realidades con años de retraso, pero todo sigue igual. De nuevo estamos ante un Consejo Europeo crucial, pero ya no recordamos cuantos llevamos. La unión fiscal, la austeridad no cercenadora del crecimiento, la corrección de unos instrumentos asimétricos incapaces de garantizar la estabilidad de la zona euro y mucho menos su crecimiento, todo sigue sobre la mesa desde hace demasiado tiempo. Ni Merkel ni Sarkozy han estado a la altura ni los demás miembros del Eurogrupo han sido capaces de impulsar o proponer medidas con la determinación que la situación exigía. Se ha ido a remolque de los acontecimientos y se sigue yendo, ahora incluso arriesgando el modelo de integración europea y olvidando los graves problemas estructurales de la economía europea –competitividad frente a unos colosos que ya no son economía emergentes como Asia, India o Brasil-, y no digamos los de España –una economía menos competitiva y demacrada tras haber desperdiciado un ciclo económico entero consagrado al ladrillo tras el estallido inmobiliario provocado por el arreón que se le impelió a partir de la Ley del Suelo de 1998 y la pusilanimidad de la corrección previa al batacazo de 2008-.

La encrucijada a la que se enfrenta Europa no es sólo una cuestión de qué esquema sigue la Unión- más intergubernabilidad y menos proyecto político común con una Comisión y Parlamento Europeo a la baja-, o si se reforman los tratados para permitir mayor disciplina fiscal, la emisión de eurobonos u otras actuaciones para el BCE, no. Europa debe decidir qué modelo de sociedad quiere ser. Europa debe elegir si continúa por el camino de la prosperidad económica basada en la competitividad de sus empresas y en su capital humano respaldada por un modelo social que garantiza la igualdad de oportunidades o, como alternativa, si emprende el camino de la competitividad sin cohesión social siguiendo el esquema de otras sociedades occidentales no menos exitosas como los Estados Unidos pero saturadas de desigualdad. Esa decisión es exclusivamente ideológica. Sin creación de riqueza no puede haber bienestar, pero eso no quiere decir que para crear riqueza haya que reducir el bienestar. Es preocupante que en este momento tan crítico la socialdemocracia europea apenas tenga voz en gobierno alguno, incapaz como ha quedado demostrado de prever y mucho menos evitar lo que ha sucedido y que ahora amenaza el corazón y la esencia del modelo de sociedad construido por al menos tres generaciones de europeos. Mientras esperamos desengañados la llegada de Europa aprovechamos para esperar también a Rajoy, al que esperábamos también aunque desde hace menos tiempo, sin conocer siquiera cual es su modelo de sociedad. Espero que tengamos suerte.

domingo, 6 de noviembre de 2011

TRIBUNA PUBLICADA EN EL DIARIO ABC EL 6/11/2011

EL MAL ESPAÑOL

Juan Moscoso del Prado

Candidato del PSOE al Congreso de los Diputados por Navarra
y Doctor en CC. Económicas

Ha comenzado una campaña electoral marcada por la profunda crisis que padece nuestra economía desde 2008. Tres largos años de sufrimiento en los que no sólo no hemos acertado en las recetas como demuestra la interminable crisis de la deuda soberana sino que en España no hemos sido capaces ni de consensuar un mínimo diagnóstico razonable. No voy a ocultar porque no sería honesto mi condición de candidato al Congreso por el PSOE ni el hecho de escribir estas líneas tras haber participado en la tradicional pegada de carteles en mi caso en Pamplona. Nuestra economía sufre un grave problema provocado al menos por tres elementos interrelacionados, una grave crisis financiera de bancos y lo que queda de las cajas de ahorro causada por la indigestión de la burbuja inmobiliaria, una preocupante falta de competitividad que afecta prácticamente a todos los sectores de nuestra economía, y una grave crisis fiscal de nuestras instituciones a escala local, autonómica y nacional provocada por la pérdida de ingresos causada por la crisis –destrucción de empleo y empresas- y la desaparición de los ingresos derivados del boom de la construcción que no hace mucho tiempo creímos estructurales. Un diagnóstico que no es nuevo, el exceso de cultivo inmobiliario y abuso de prácticas financieras sustentadas en el juego con las expectativas de valor del suelo, y que ya era el eje del programa del PSOE en 2004. En descargo del Gobierno es importante recordar que en 2004 heredó un grave problema estructural, claramente identificado, y que nada ha tenido que ver con la otra crisis, la financiera provocada por los activos tóxicos norteamericanos que acabó con la banca privada de ese país o la británica aunque ambas compartan una causa de fondo: la obsesión ochentera por la desregulación. Ahora bien, desde el PSOE hemos reconocido que podíamos haber hecho más para acabar con la burbuja, para evitar que nos devorara como lo ha hecho. Y así derogamos la Ley del Suelo de 1998 que aprobó el Gobierno de José María Aznar y que está detrás de parte de la burbuja, eliminamos las deducciones fiscales sin límite para la compra de vivienda, incentivamos el alquiler, y triplicamos la raquítica cifra de I+D+i heredada de aquellos años de desenfreno, la mas baja de Europa. Algo que se ha demostrado insuficiente para evitar la catástrofe pero que sin embargo nunca encontró apoyo ni comprensión por el primer partido de la oposición, el PP, empeñado en expander el modelo de desarrollo a lo “Terra Mítica” hasta sus últimas consecuencias. Sin rubor alguno el PP demanda hoy volver a esos años en los que España creaba 8 de cada 10 nuevos empleos en Europa, empleos creados por y en la burbuja y que son precisamente los que ahora antes y de manera más rápida se han destruido, más de 1 millón directamente en el sector de la construcción. Tras esos tres elementos interrelacionados se esconde un mal, llamémosle el mal español, porque como algunas viejas enfermedades moral o socialmente mal vistas algunos todavía prefieren esconderlo o negarlo en un eterno ejercicio de hipocresía. Parece que salvar el honor negando cualquier responsabilidad o error es más importante que consensuar un diagnóstico certero para salir antes de la crisis. Y así nos va. Es descorazonador que el PP se niegue a asumir la más mínima autocrítica por su cuota de responsabilidad ante la que esta cayendo mientras intenta convencernos de que es posible regresar a 1996, un año en el que la economía llevaba ya 3 años creciendo y que tras las decisiones de aquel nuevo Gobierno del PP orientó su crecimiento de manera insostenible aunque placentera, sí, mientras duró, hacia un esquema absolutamente destructivo como se ha acabado demostrando. Las regiones españolas con menos desempleo –Navarra, País Vasco-, con tres veces menos parados que otras, lo son con la misma legislación laboral, demostrando que no es con menos derechos sino con otra estructura productiva y cualificación media como se consigue, incluso en crisis, aguantar el tipo. Pero eso exige años de inversión, políticas correctas y socialdemocracia de la buena, nada más lejos que una vuelta a 1996.

lunes, 24 de octubre de 2011

Tribuna publicada el 23-10-2011 en el diario ABC

AGENTES ECONÓMICOS Y AGENCIAS

Juan Moscoso del Prado

Diputado a Cortes por Navarra y Doctor en CC. Económicas

No hay semana ni día en los que no dejen de llegar mensajes preocupantes de los mercados financieros generados por las distintas reacciones de los agentes económicos ante la información que como siempre se va generando y conociendo de manera continua, sobre todo datos coyunturales macroeconómicos y resultados empresariales. Al mismo tiempo, otro tipo de entidades alimentan a los operadores con interpretaciones y lecturas de esos datos de mercado que son objetivos o reales, por ejemplo las agencias de calificación que de nuevo han sido noticia. La reducción de la calificación española en los últimos 15 días, un escalón por Standard & Poor's y Fitch, y dos por Moody's, es buen ejemplo de estas interpretaciones que con frecuencia se consideran erróneamente “noticias económicas negativas”. Económico es lo que hay detrás, no la valoración que responde a otros muchos elementos.

Por ello debemos tomar decisiones capaces de modificar los datos objetivos o reales, los coyunturales y los resultados de las empresas, y no limitarnos a interpretar en un sentido u otro lo que sucede como hacen las agencias de calificación.

Ha habido también estos días interpretaciones para todos los gustos tras saberse que la Autoridad Bancaria Europea (EBA) podría estar estudiando no una quita de la deuda de varios países sino la realización de pruebas de stress o resistencia suponiendo quitas en diferentes deudas soberanas con el fin de conocer la solvencia del sistema financiero ante este supuesto y, en consecuencia, reforzar los criterios de solvencia bancaria para despejar las dudas sobre el sector. El debate se centra en qué entidades deberán someterse a estas pruebas y cuales serán las necesidades de capital que se les exigirán después para afrontar ese riesgo potencial de quita soberana. Desde el sistema financiero ya se han escuchado voces exigiendo que no se recapitalice la banca de forma indiscriminada.

Volviendo a lo económico, al fondo, la crisis financiera no muestra indicios de remitir porque la ausencia de crecimiento sigue deteriorando las cuentas públicas y la salud de los balances bancarios. Las necesidades de financiación internacional de nuestro país y la deuda externa del sistema financiero y empresarial se hacen más pesadas a medida que pasa el tiempo sin que Europa retorne a tasas de crecimiento sostenidas. En España, hasta que recompongamos la parte de nuestra economía productiva destruida por el estallido de la burbuja inmobiliaria, esa vieja herencia de los 90 que algunos ahora reivindican.

Mientras, la ausencia de soluciones creíbles para la crisis de deuda soberana europea complica aún más el escenario. Por eso es fundamental, por ejemplo, crear un sistema de protección del euro que incluya la puesta en marcha de los eurobonos para que los países tengan que pagar menos intereses por su deuda como ha defendido esta semana el candidato Rubalcaba. Una medida que mejoraría la confianza e incidiría positivamente en la salud del sistema financiero al que más pronto o más tarde se le va a exigir recapitalizarse por su tenencia de deuda soberana europea. Si el Consejo Europeo decide hoy que el fondo de rescate avale parcialmente futuras emisiones de deuda soberana para cortar el riesgo de contagio de un impago de Grecia se habrá dado un paso adelante hacia los eurobonos, si bien, una vez más, insuficiente.


lunes, 3 de octubre de 2011

Tribuna publicada el 02-10-2011 en el diario ABC

NO HAY MARCHA ATRÁS

Juan Moscoso del Prado

Diputado a Cortes por Navarra (PSOE)
y Doctor en CC. Económicas

Estamos intentando que el antiguo sistema funcione y ese no es el camino, hace falta otro, hay que construir un sistema económico diferente y cuanto más tardemos en darnos cuenta peor será. No vamos a volver al crecimiento que comenzó en 1994 prometiendo las mismas políticas de entonces con menos impuestos. Ese fue el error de los ochenta liderado por Thatcher y Reagan tras la crisis de los años setenta, la base de la crisis actual, la desregulación financiera pero también en otros sectores. La burbuja inmobiliaria es consecuencia de ella, de esa filosofía. Aunque nuestra banca no se lanzó a la innovación financiera tóxica como hizo la de otros países, sí se volcó en el sector inmobiliario, en particular el residencial, y lo está pagando con efectos similares. La segunda consecuencia de la crisis, la deuda soberana o del euro, no es un efecto del Plan-E ni de ningún error clamoroso de este gobierno tras la certificación de la crisis en 2008 con el colapso de Lehman Brothers, o de las difíciles decisiones adoptadas en mayo de 2010 por nuestro gobierno desde la mas estricta soledad –por eso choca que muchos de los que entonces quisieron arriesgar y dejar caer al país y de paso al gobierno por el precipicio hablen ahora de grandes pactos de Estado-. La crisis de la deuda es el producto de la propia crisis financiera e inmobiliaria, y del desempleo y destrucción de tejido productivo que ha generado.

La deuda española, italiana o francesa sufre en los mercados porque con la estructura productiva actual, con nuestro modelo de ingresos y gastos, con las obligaciones generadas en materia social, en infraestructuras, en servicio de deuda o intereses –incluso con una deuda pública española por debajo de la media europea-, no parece que la estructura productiva resultante de la crisis permita asegurar hacer frente a ese volumen de compromisos. El problema no es el endeudamiento público, insisto, que es bajo en España, sino el temor a que la economía debilitada por la crisis no sea capaz de asumir el coste de todas las obligaciones adquiridas en los últimos 30 años. Tan pronto como se vuelva a crecer y se ocupe el espacio que han dejado las miles de empresas destruidas y los millones de empleos desaparecidos la crisis de la deuda se irá mitigando. Mientras, además, la obligada austeridad necesaria para hacer más liviana esa carga afecta al ritmo y posibilidades de la recuperación. Cierto es también que el elevado volumen de deuda privada supone un lastre adicional para la recuperación, otro regalo bancario.

El gasto público, por tanto, debe primar dos objetivos. El primero, el mantenimiento del Estado del Bienestar y de las medidas que garanticen la igualdad de oportunidades, para evitar que la crisis se lleve por delante a una generación entera. Sólo el Estado del Bienestar garantiza que en la vida se alcancen unas metas en función de lo que se lleva dentro, de la capacidad de cada uno, y no del origen. Los diferentes énfasis que se conceden a la ruptura de esa desigualdad es la base de la diferencia entre izquierda y derecha. En segundo lugar, aunque al mismo nivel, las medidas destinadas a reforzar nuestra capacidad de crecimiento, la educación en su doble faceta -igualdad de oportunidades e inversión productiva-, en combinación con todo lo destinado a modernizar nuestra economía y a mejorar su competitividad y productividad.

Por ello, siete semanas antes de las elecciones, mientras desde el PSOE hemos reconocido que podíamos haber hecho más para acabar con la burbuja, desde el PP se sigue sin hacer ningún tipo de autocrítica mientras se vende la falsa idea  de que es posible retornar al pasado, a esa burbuja impulsada por la Ley del Suelo de 1998, las deducciones fiscales a la vivienda y el alicatamiento a crédito de nuestro país que tanto daño nos ha hecho. No hay marcha atrás.

sábado, 20 de agosto de 2011

TRIBUNA PUBLICADA EN EL PAÍS EL 11-8-2011

Europa como la izquierda

(o viceversa)


EL PAÍS. JUAN MOSCOSO DEL PRADO 11/08/2011


La construcción de una Europa unida y el sueño socialdemócrata de una sociedad democrática, justa y próspera han sido los motores políticos de nuestros últimos 100 años. Ambas ideas atraviesan una profunda crisis aunque bastaría remontarse a dos décadas atrás para reconocer que incluso hoy, en el difícil verano de 2011, los principios y valores e incluso las realidades que han inspirado ambos sueños gozan de buena salud.

Esta crisis, sin embargo, no es de Europa o de la izquierda, sino una crisis económica con profundas raíces financieras fundamentada en el modelo de crecimiento elegido políticamente por Occidente desde la última década del siglo XX. En esta crisis, la izquierda y Europa comparten un mismo factor, quizás un problema. La izquierda como Europa, o Europa como la izquierda, han necesitado siempre seguir un sueño para aglutinar la confianza e incluso el entusiasmo ciudadano imprescindibles para ser proyectos democráticamente ganadores, para poder triunfar en las elecciones con ellos.

Para la izquierda, para el proyecto socialdemócrata europeo en general, esta crisis ha surgido tras casi dos décadas de crecimiento y prosperidad desconocidas que, aunque tuvieran los pies de barro, generaron la sensación de que el sueño socialdemócrata estaba prácticamente alcanzado. En España lo supimos bien tras la consolidación de los pilares básicos de nuestro sistema de bienestar, en combinación con la conquista de libertades y derechos civiles casi inimaginables, la igualación de nuestra renta per capita con la comunitaria y el práctico pleno empleo. Hace solo tres años alcanzamos una situación en la que no resultaba triunfalista cantar misión cumplida. Hoy la situación económica ya no es aquella pero sí es la heredera política de esa euforia. La crisis ha marcado el fin del proceso dinámico de construcción de la sociedad de bienestar, el leitmotiv de la izquierda, y ha parado el movimiento.

Sin nuevos sueños que perseguir, la izquierda se siente abandonada por los ciudadanos, que parecen buscar otras fuentes de inspiración política. Quizás buscan otro tipo de gestión, porque de lo que se trata es de salir de la crisis y la izquierda no aporta soluciones más claras que las que provienen de otros ámbitos, aunque los países gobernados por la derecha no lo estén haciendo mejor.

Parte de la crisis de la izquierda es consecuencia de su propio éxito, porque ha logrado convertir en elementos estructurales de nuestra sociedad objetivos que hace pocas décadas eran simples sueños. Como reconoce Tony Judt en Algo va mal, de una forma u otra la socialdemocracia es la prosa de la política europea contemporánea. Hay muy pocos políticos europeos que no estén de acuerdo con elnúcleo de supuestos socialdemócratas. Sin embargo, añade, mientras la falta de idealismo y de una narrativa apuntalada en la historia socava a la izquierda, en el contexto actual el argumento de la derecha a favor de "conservar" es tan viable como siempre.

La derecha sobrevive bien en un contexto en el que la política se reduce a una forma de contabilidad social, de administración cotidiana. Es la política del interés, buena para la derecha pero catastrófica para la izquierda, sostiene Judt.

La izquierda se enfrenta hoy al reto de ser capaz de demostrar que no solo es la mejor construyendo, sino también manteniendo las conquistas, aportando otras sensaciones y afrontando con determinación los nuevos retos. Si no lo hace corre el riesgo de que el principal enemigo de la socialdemocracia, la desafección de las clases medias con el Estado de bienestar, acabe con los partidos que lo crearon. Y es que, como sostiene también Judt, hay mucho que defender y conservar también desde la izquierda.

Con todo, aunque lo pretenda, no es verosímil que la derecha asuma ese papel, aun reconociendo su transformación y que sus políticas -como la privatización de servicios públicos- tardan en ser contempladas por los ciudadanos como medidas contrarias a la igualdad de oportunidades o subsidiarias de intereses corporativos y seculares.

El ajuste que la economía española y europea necesita es profundo y sus efectos van a ser duros. Y hay que hacerlo desde valores progresistas. Alfredo Pérez Rubalcaba ha dicho que si los mercados camparon por sus respetos es porque alguien desde la política decidió que camparan, y lo que se decidió desde la política se corrige desde la política. Y desde la izquierda, añadiría yo.

Y es que también, con el permiso de Judt, hay nuevos sueños que como siempre nos corresponderá identificar a los progresistas. Queda tanto por hacer.

Hasta esta crisis Europa había progresado aferrada a etapas de integración que exigían avanzar paso a paso ascendiendo por una escala que parecía no tener fin. Así sucedió con el mercado común, con fases, calendarios y objetivos que en ocasiones parecían lejanos e inalcanzables. Y así fue también con el euro, un apasionante proceso de convergencia cronometrado con precisión. Esta cronoescalada en lo económico se complementaba con un proceso similar en lo político, la ampliación, marcada por la misma lógica vertiginosa del avance palpable en el tiempo. Pero todo ello pasó, superado con éxito, y en la agenda para Europa ya no queda ningún hito que nos haga soñar a plazo.

Hemos necesitado 10 años para lograr un nuevo Tratado, el de Lisboa, un texto que ha sustituido los calendarios y los procesos reglados y tasados en el tiempo por un conjunto de herramientas políticas sin plazos a término fijo que solo exigen una cosa: liderazgo.

Y en este aspecto es en el que sin duda hemos fallado porque, por ejemplo, en política exterior, nadie duda de que con otros al mando hoy el papel de la Unión no sería el mismo. El mismo liderazgo que se echa en falta a la hora de tomar decisiones europeas frente a la crisis, las únicas posibles, cuando se intenta retroceder en ámbitos tan fundamentales y simbólicos como la libre circulación de personas -Schengen-, o cuando se ponen en cuestión los derechos más fundamentales como ocurrió con los gitanos rumanos en Francia.

Europa sigue siendo la región más próspera y cohesionada del mundo, la única que puede hacer gala de un modelo social propio, elementos imprescindibles aunque no suficientes, para seguir siendo la más dinámica y con una voz clara y única en el mundo.

Así que Europa y la izquierda deben aprender a convivir en un nuevo marco, el de la consecución de muchos de los sueños del siglo XX y el de la necesidad de buscar nuevos liderazgos que se impongan a los intereses domésticos y populistas anclados en ese temor y desconfianza que alimenta a los conservadores.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Europa/izquierda/viceversa/elpepiopi/20110811elpepiopi_4/Tes

sábado, 30 de julio de 2011

TRIBUNA PUBLICADA EL 29-7-2011 EN EL DIARIO 5 DÍAS

Las nuevas perspectivas financieras europeas
 
Juan Moscoso del Prado - CINCO DÍAS 29/07/2011
 
En plena crisis de la deuda soberana de los países del euro, ha comenzado la discusión de las Perspectivas Financieras (PPFF) de la Unión Europea para el periodo 2014-2020. Un debate crucial en un momento en el que Europa afronta una crisis que exige una coordinación e integración fiscal mucho mayor pero no solo por la vía del gasto –control del déficit, pacto de estabilidad...–, sino también por la de los ingresos, tanto para los Estados miembros como para la propia UE que debe ser capaz de contar con más recursos propios y con un presupuesto mayor. La discusión será larga y complicada. La propuesta de la Comisión se presentó el pasado mes de junio y aunque se prevé que se apruebe antes del final de 2012 es posible que hasta mediados de 2013 los Estados miembros no se pongan de acuerdo. La presidencia polaca de este semestre solo pretende abrir un periodo de reflexión sin entrar en la negociación, Dinamarca celebrará elecciones durante su presidencia en el segundo semestre y 2012 comenzará con presidencia chipriota y elecciones en Francia y en España.
En este contexto, la Comisión Mixta Congreso-Senado para la UE, tras más de un año de trabajo de la Ponencia sobre la revisión de las perspectivas financieras de la Unión Europea, del sistema de recursos propios y de la reforma de las políticas de cohesión y agraria común, ha aprobado un documento de conclusiones importante y que ha logrado cerrar un amplio acuerdo entre las dos principales fuerzas políticas españolas, PSOE y PP, y el resto de partidos con representación parlamentaria, plasmado en una resolución conjunta PSOEPP aprobada por 338 votos en el reciente debate sobre estado de la nación.
El documento, que recoge las líneas de actuación que deberá seguir el Gobierno ante las nuevas PPFF, establece que estas deberán garantizar la financiación de las nuevas competencias que asigna a la UE el Tratado de Lisboa y que los proyectos y acciones que se deriven de la Estrategia 2020 se pongan en marcha, garantizando las políticas tradicionales reconocidas en los tratados, en especial la Política Agraria Común (PAC) o las políticas de cohesión. Es prioritario, además, conciliar la necesidad de ajuste presupuestario con la necesidad de dotar a la UE con los recursos suficientes para afrontar los retos futuros, abordando en paralelo el debate y negociación sobre los ingresos y gastos del presupuesto europeo.
Así mismo, la estructura de financiación del presupuesto debe sustentarse sobre los principios de equidad en los ingresos y transparencia defendiendo para ello un sistema que elimine todas las compensaciones que los distorsionen.
Respecto a la políticas de cohesión, deberán negociarse estrategias de salida graduales justas para aquellas regiones que deben abandonar el objetivo de convergencia por haber superado su renta per cápita el 75% de la media europea así como un tratamiento singular para Canarias, como región ultraperiférica y para Ceuta y Melilla, como ciudades fronterizas alejadas. También deberá aumentar la ponderación de elementos como el desempleo y la brecha tecnológica, la innovación, los índices de abandono escolar o la tasa de población inmigrante de los distintos Estados y regiones, y el distinto nivel de desarrollo de las regiones respecto al objetivo de competitividad.
En cuanto a la PAC, no deberá ver reducidas sus dotaciones presupuestarias actuales, ni se introducirán elementos de renacionalización o cofinanciación para asegurar que nuestro país siga percibiendo, como mínimo, los importe actuales del presupuesto comunitario, del Feaga y del Feader. Además, se establecen otras propuestas de refuerzo del peso de los productores en la cadena alimentaria, de regulación de la competencia, de mejora de la capacidad empresarial y la competitividad de los agricultores, de estabilización de precios, sobre acuerdos de comercio con terceros países, de orientación de los fondos de desarrollo rural a la mejora de la eficacia, competitividad y productividad de la explotaciones y de la industria agroalimentaria, y sobre la incorporación de las mujeres y el rejuvenecimiento de las explotaciones.
Las conclusiones reclaman mantener el esfuerzo de innovación e investigación -Estrategia 2020- potenciando las líneas dedicadas a las pymes en el VIII futuro Programa Marco y, en particular, en el Programa de Competitividad e Innovación, y para las políticas de formación y educación a largo plazo. Así mismo, pide crear un instrumento específico dedicado a las pymes que promueva su competitividad.
Por último, el documento no olvida las necesidades del espacio europeo de libertad, seguridad y justicia, la política exterior, la cooperación judicial y las políticas de inmigración.
 
Juan Moscoso del Prado. Economista y portavoz del PSOE en la Comisión Mixta Congreso-Senado para la Unión Europea

miércoles, 22 de junio de 2011

Tribuna publicada el 19-6-2011 en el diario ABC

OTRO CONSEJO EUROPEO CRÍTICO

Juan Moscoso del Prado

Diputado a Cortes por Navarra (PSOE)
y Doctor en CC. Económicas

Son demasiados ya los Consejos Europeos marcados por la gravedad de la situación económica y financiera, y habrá muchos más si Europa no acierta y lo hace con la contundencia exigida en el refuerzo del llamado gobierno económico europeo. No se trata sólo de hacer las cosas bien para  evitar que las medidas destinadas a Grecia provoquen un terremoto financiero y disparen la prima de riesgo de la deuda, la española por supuesto, y debiliten al euro bajo la atenta e impasible mirada de una Alemania irreconocible. Se trata de mucho más. Como en otros Consejos, el debate del momento, esta vez la participación o no del sector privado en los rescates, obligatoria o voluntaria, relega a un segundo plano la cuestión que debería ser fundamental, el progresar en el gobierno económico de Europa, y arriesga la viabilidad del propio euro por la inflexibilidad de determinados intereses nacionales como los defendidos por Alemania. Si los mercados siguen cuestionando el fondo mismo de la idea que dio lugar a la eurozona puede pasar de todo. Puede comenzar el declive del concepto de moneda única, y si ocurre, en el peor escenario, la cadencia de acontecimientos puede ser rápida e incontrolable.

La prioridad, sin duda, es salvar a Grecia, no sólo por Grecia misma sino también por el efecto que provocaría no hacerlo sobre el mejor proyecto que jamás ha tenido lugar en la vieja Europa. Efecto que sin duda se extendería por el conjunto de mercados en una huída de consecuencias imprevisibles sobre valores y activos de todo tipo. Grecia aparte, que no es poco, lo preocupante es que la zona euro no está todavía preparada para afrontar una quiebra de deuda soberana en su seno, y no lo está a pesar de los importantes avances alcanzados en materia de coordinación económica -semestre europeo-, estabilidad y supervisión financiera –refuerzo preventivo y correctivo del pacto de estabilidad y crecimiento-, competitividad -pacto del europlus-, refuerzo de los procedimientos nacionales y de la vigilancia de los desequilibrios macroeconómicos, el nuevo mecanismo de estabilidad financiera de carácter permanente, o los acuerdos globales alcanzados o en marcha en el G-20 y otros foros.

Queda mucho por hacer, incluso en ámbitos que dábamos por cerrados como el mercado único, y en otros como el de coordinación y armonización fiscal, por el lado del gasto pero también de los ingresos, o en la gestión conjunta de la deuda –el debate sobre un tesoro europeo y/o la emisión de bonos. Hay que reflexionar sobre el presupuesto de la Unión, la creación de un nuevo recurso, o la tasa sobre transacciones financieras. Se deben acelerar los rescates garantizado su compatibilidad con rápidos regresos al crecimiento. Es también, por supuesto, el impulso que necesita la economía europea para volver a crecer con vigor y superar sus debilidades estructurales, muchas y muy distintas según se examina el viejo continente país a país, región a región, sector a sector o empresa a empresa. Y en España son las difíciles reformas emprendidas a pesar de su dificultad como reconocen las recomendaciones de la Comisión Europea tras haber examinado el Programa de Estabilidad 2011-2012 y el Programa Nacional de Reformas.